Diciembre

Diciembre arranca con una media sonrisa por todo lo bueno que me trae la vida diaria que a veces parece poco porque valorar lo sencillo es complicado en tiempos de tambores que llaman a la calma entre tanta agitación.

Noviembre se despide con algo de peso en el pecho. Algunos días de insomnio, noches largas, conversaciones que ruedan sin girar y un olor perverso que me espanta. Nunca he ocultado que sea cuadriculada para algunas cosas pero no soy de espadas ni de paredes.

Con la mente reviviendo lo vivido en los meses anteriores y aceptando que la vida cambia en un click empiezo a pensar en las semanas siguientes sabiendo que van a pesarme como el plomo y que todo es cuestión de interiorizar que todo pasa. La vida nos va colocando en la casilla de salida y de llegada. Hoy crees que has llegado y mañana te das cuenta de que nunca saliste.

Lo bueno del futuro es que despeja de tu camino lo que no cabe, lo que no vale y a quien no tiene que estar. Podemos insistir con personas para mantenerlas cerca pero con el tiempo entendemos que se fueron lejos hace mucho tiempo.

Llega diciembre y no nieva. No habrá unas navidades blancas y quizás tampoco frías. Con los años uno acaba acostumbrándose a todo y donde hubo una docena de platos ahora sólo coloca sobre el mantel unos pocos. Con los años una también sabe hasta donde está dispuesta a llegar y hasta donde está dispuesta a dejar que lleguen los demás. En la vida son necesarios los límites tanto o más cómo saber cuidarse a uno mismo, quererse y respetarse.

Para muchos todo vale con tal de tener una vida. Para mí no todo vale. Cuentan las palabras pero le hago más caso a los gestos. No sé resolver un problema de física pero me detengo a conocer a las personas, a cuidar a las que me cuidan, a regalarles mi tiempo, a escucharles y a intentar entenderlas. El problema es que una mente analítica como la mía se enreda con pensamientos que a veces son erróneos pero otras veces acierta de pleno y asumir esa verdad, duele, duele mucho.

Se va noviembre y me quedo en reunión conmigo misma. Medito para relajar mis pulsaciones y no convertirme en un volcán que desborda. Quizás llegue el día que esté cansada de silenciarme pero confío en que los caminos se despejarán y tal como marca la ley de la vida todos seremos colocados en nuestro lugar a nuestro tiempo.

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