
No hubo un trabajo que eligiera mejor. Sin experiencia ninguna solo con referencias cercanas que ya habían pasado por él pero sabiendo que al menos una vez quería desempeñar esa labor. Desde que recuerdo fue uno de mis principales sueños y sabía que sola o acompañada lo haría.
No ha habido un trabajo en el que haya y siga aprendiendo tanto. Causa en mí mil dudas, supera mis límites y pone a prueba toda la paciencia que tengo. Es lo que más me ha hecho llorar y reír. Es lo que me ha hecho levantarme cada día en tiempos de dolor y tocar el cielo con los dedos de felicidad.
No hay un trabajo que vaya a ser tan eterno y que vaya a exigirme más. Es el trabajo que me ha hecho renunciar a muchas cosas y por el que perderé viajes, tiempo de autocuidado y oportunidades profesionales. Es ese trabajo que revoluciona tu mundo y a ti porque te conviertes en una nueva versión de ti misma.
No concibo mi vida sin ese trabajo. Es a tiempo completo, abarca todas las horas de un día, de cada día de todos los días de un año y de año tras año. No puedo recordar cómo era mi vida antes, no sé quién era yo ni que hacía con mi tiempo. Pero sé que desde que me levanto hasta que me acuesto mi cabeza da vueltas en torno a él.
No hay un trabajo que me vuelva tan del revés, ni acapare tanto mi atención y por el que esté dispuesta a dejarme la piel. Seguramente no sea la mejor del mundo y esté llena de errores y equivocaciones pero no hay escuela que te prepare para este trabajo más que el instinto y la experiencia.
No hay un trabajo mejor que el de ser madre. Tampoco uno más duro ni más imperfecto. Hay días muy agradecidos, momentos inolvidables pero también los hay de mucho cansancio, noches sin dormir y mucha visitas al médico. Pero recuerdo el primer minuto que sostuve a cada una de mis pequeñas campanillas entre mis brazos y sé que cumplí con mi destino al traerlas al mundo. Hoy las miro y entiendo por qué siempre quise ser madre pero sobre todo que quería ser la suya y espero que algún día me miren con la misma ternura y comprendan por qué me eligieron.
Sé que las ojeras me delatan y a veces se me escapan los gritos. Sé que hay días que olvido mi propia pedagogía y que me siento la mala del cuento pero estoy en paz cuando apoyan su cabeza en mi hombro, me cogen de la mano y con mi cara entre sus manos me plantan un millón de besos.
Sé que este trabajo no acabará nunca. Que echarlas de menos me ha hecho desearlas con más fuerza. Sé que no volveré a sostener un bebé entre mis brazos y que con ellas completé mi ciclo. Pero también sé que si volviera a ser madre acogería con el mismo amor a ese nuevo milagro porque si de algo estoy segura es que serlo es un privilegio que la vida nos concede y nos cede por un tiempo.
¡Larga vida a la vida de madre!
