
Hoy ha empezado oficialmente el equinoccio de otoño. Los grados han empezado a descender, los días son más cortos y las rebecas empiezan a salir del armario. El cielo nos regala días nublados y nuestros pantanos van recuperando parte del agua gastada en la época estival. Se llama ciclo de la vida y es maravilloso comprobar como todo funciona tal y como ha de hacerlo.
Por más que queramos el verano recogió sus días de sol, sus sombrillas y bañadores. Quedó atrás junto a todos esos recuerdos que conforman nuestro pasado. Podemos dejarle marchar junto con todo lo vivido sea bueno o menos bueno. Hay puertas que es mejor no volver a abrir para evitar que viejas heridas nos recuerden que están ahí.
Cada pasado es diferente aún siendo el mismo para algunas personas porque cada uno trae una experiencia de vida y vive las cosas de distinta forma. No podemos esperar que todos tengan nuestra visión sobre el mismo pasado o que sientan lo mismo. Hay corazones dispuestos a agitarse y otros simplemente a latir a su propio ritmo. Ningún ritmo es mejor que otro porque el mejor siempre será el que podamos soportar aunque haya días que a penas tengamos latido.
Siempre he defendido que los trenes pasan una y otra vez pero hay estaciones en las que no deberían pararse de nuevo ni trenes a los que debamos subirnos otra vez sabiendo que ese destino ya no es para nosotros. A veces pensamos que el pasado fue lo mejor que tendremos sin abrirnos a lo que tenemos ahora y en ese pensamiento se nos olvida abrazar fuerte a quienes tenemos cerca y forman parte de nuestro presente. Ningún pasado podrá mejorar un buen presente y ningún futuro vendrá a mejorar el aquí y ahora porque hay instantes que no vuelven.
Miradas que no se encuentran, besos que se pierden, planes que no concluyen y corazones que no laten juntos por no saber vivir el presente y darle todo el espacio de nuestro pensamiento a un pasado que ya no existe. El poder del pensamiento acaba dirigiendo nuestros recuerdos hacia ese pasado. No vamos a poder cambiarlo pero sí construir nuestro presente y decidir quién o qué queremos que esté ahí.
Hay calles por las que ya no pasearé. Caminos que no retomaré. Espacios que no compartiré. Lugares que ya no son míos . Hay fronteras que no atravesaré. Hay límites que no derribaré. Hay silencios que no guardaré y ruidos que no oiré.
El pasado es ese espacio de tiempo y ese lugar al que ir a refugiarse con los buenos recuerdos aceptando que hubo cosas que no se dieron y amores que no pudieron ser. Solo así podremos darle al presente el lugar que le corresponde.
Y del futuro, mejor dejamos que vaya llegando despacito como lo hizo este equinoccio de otoño.
