
Todos tenemos un mapa de vida lleno de paradas, caídas y conquistas. Después de mis cuarenta y siete vueltas al sol he podido ser consciente de los huracanes que barrieron mis días. Hubo sueños, hay sueños y habrá sueños que no verán la luz pero otros se van tejiendo en silencio.
Sostuve durante años la postura del control, de la madre que necesita llegar a todo y la mujer que antepone a todos por delante de ella. Pero uno de esos vientos huracanados despeinó mi coleta y me mostró que he de rendirme a lo que no me pertenece. No me permití volar aún sabiendo que era la dueña de mis alas.
Hay cosas a las que aún me resisto a rendirme. Quizás me falta humildad para aceptar que no me pertenecen. Puedo refugiarme detrás de mis heridas para no aceptar que no siempre sé pedir ayuda. Lo que sí he aprendido es a diferenciar quién te la da y a quien hay que pedírsela.
Mi mapa muestra que han habido muchas rectas pero intercaladas con otras tantas curvas. Ese mapa contiene mis anhelos, pero también mis desvelos. Pocos saben lo que mi sonrisa guarda, solo los que han estado conmigo recorriendo esos kilómetros. Agradecida por los que estuvieron en algunas etapas y dejaron en ellas aprendizajes y cariño.
La cábala matemática estudia mis números sin saber que aunque las cuentas no den exactas, los mapas nunca lo son. Me equivoqué de dirección algunas veces pero aprendí a perdonar a los que un día me hirieron. Lo más difícil sigue siendo aceptar que jugué mis cartas de la mejor forma que supe.
Casi a la mitad de mi camino, recorridos ya algunos kilómetros de alegrías y penas, sigo completando la misión de mi mapa. No cambiaré el mundo, ni lideraré una revolución pero intentaré ser respiro, risa y ligereza en los mapas de los demás.
En algún momento confundí el servicio con el amor. Pero entendí que se puede ser ancla, poner límites y decir “no” sin que por ello los sentimientos estén en juego. A veces, los esfuerzos no son recompensados, otras debemos esperar a que el universo se ordene.
Hoy me rindo ante el cielo y declaro que no entendí la dirección de mi mapa casi nunca, que confíe poco, que tuve que navegar a la deriva para equilibrar mi barco, que sigo sintiendo demasiado y me sobran la mitad de mis pensamientos.
Me pasé la mitad de mi tiempo con la brújula en la mano buscando el norte hasta que entendí que esa no era mi dirección.
Si andas perdido en mitad de tu mapa quizás lo mejor sea parar y respirar. Conecta con el mejor momento de tu camino y sigue caminando sin atender a las expectativas de nadie. Vale llegar a la meta pero si lo haces que te haya valido la alegría.
Mi mapa sigue su curso…
