Navidad, tiempo de esperar

No hay ninguna Navidad igual a la anterior. Quizás cuando somos más pequeños los años nos van pasando entre la dulce inocencia y esa magia de ver las galletas mordidas y los vasos de leche vacíos. Pero cuando crecemos las ausencias en la mesa nos pesan y los brindis cambian apostando siempre por conservar la salud y porque la señora que viste de negro nos deje por un tiempo más estar juntos.

Hay Navidades que pesan, otras que pasan y unas pocas que se viven. A mí estas han sido de las que me pesan un poquito en el alma. Por las ausencias, porque mi inocencia anda tocada y por una magia que no brilla ante mis ojos. Una Navidad de pandemia que ha puesto límites en mi mesa y ha tapado mi sonrisa con algo más que una mascarilla. Como muchos ando fatigada y me cuesta ver la salida a este laberinto de virus y vacunas.

Pero si algo no cambia en mí es saber que la Navidad es algo más que los brindis y la compañía. Es saber que es un tiempo de espera y de volver a renacer. Y no se trata de magia si no más bien de creer y de esperar que aquello que deseas se haga realidad y si no es así lanzar la pregunta al universo y que sea él con su órbita quien te explique las razones.

La Navidad siempre me trajo la oportunidad de reflexionar y repasar mi año vivido. De ver qué aprendí y que no entendí. Usé algunos de sus días para mirarme por dentro y cuidarme por fuera. Este año vivo por fuera pero callo por dentro. Adormezco mis exigencias y encierro mis miedos. Y sigo adelante y mañana lo vuelvo a intentar.

Hago como cada año mi lista de metas y objetivos. Y con unos cuantos años escojo bien unos pocos y me sitúo en el centro de mi círculo y estudio bien cada personaje y el papel que quiero que juegue en mi tapete el año próximo. Y no sé si todos caben, si alguno ya salió de él o si la vida lo empujó hacia fuera.

Y aún fatigada y con muchas horas de sueño le doy el valor a estas fiestas que mi alma necesita. Y sigo en la espera de lo que vendrá y confío en mi destino que me trajo hasta aquí y me rescató de cada naufragio. Y esa es mi Navidad vivir hacia fuera para compartir pero callar hacia dentro y dejar que cada pieza encaje y que cada 25 de diciembre haya debajo del árbol una magia hecha realidad.

Hay tantas Navidades como personas en el mundo y cada uno de nosotros construimos la que nos hace sentir bien. Pero recordemos siempre que sin la luz de la estrella que anunció el nacimiento del niñito Jesús nunca hubiera existido la magia. Cada uno de nosotros juega un papel dentro de su propia Navidad. Este año podemos ser el gruñón de la fiesta y en otro momento ser ese pequeño tamborilero que ofrecía el sonido de su tambor como ofrenda al recién nacido que cambió el rumbo de la historia.

Mi Navidad, mi tiempo de espera…

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