Heridas

Todos tenemos heridas. Algunas provocadas por nuestras propias caídas, otras porque dejamos que sean otros quienes nos hieran y las más pesadas las que portamos sin ser conscientes pero son las que tal vez más duelen.

Las cicatrices no están ahí para recordarnos el dolor que vivimos si no todo lo que esa herida nos enseñó. Quizás afean nuestro cuerpo pero son un claro signo de que sobrevivimos en la mesa de operaciones.

El problema no son las heridas si no la cantidad de sal que echamos en ellas. Enloquecemos del dolor y aún sabiendo que es la mente la que puede hacer que desaparezca nos regodeamos en el dolor haciéndonos víctimas. No hay nada más peligroso que alguien creyéndose la víctima del cuento cuando es uno de los verdugos de la historia.

Las heridas vienen acompañadas de palabras que retumban y que caen como piedras en el alma. El poder de la palabra lo cambia todo. Dichas en el momento exacto salvan o enlutecen a quien las escucha. Las peores son las que salen sin ninguna intención y suenan como dardos lanzados justo al centro de la diana.

No hay que temer a las heridas. Tampoco pasa nada porque sangren alguna vez. Quizás sirva taparlas pero al final sabemos que hay que dejar que el tiempo las cierre con nuestro esfuerzo y nuestras lágrimas.

Cada uno lleva las suyas. Nadie puede cosernos las nuestras. Y con la experiencia de los años uno aprende a no dejar que otros hurguen si no van a quedarse a ver cómo se cierran. Nadie debería tener jamás el poder de hacernos sentir menos o mal por las heridas que tenemos porque las que ven en nosotros son las que necesitan curar en ellos.

Todos los años nos cierran algunas, nos abren un poquito otras y nos van haciendo pequeños rasguños que tenemos en nuestra mano que no se conviertan jamás en herida. La responsabilidad es nuestra y sólo nuestra. Los otros son los otros y ya aprendimos eso de que quien quiere estar está. No hay nada más cierto que el tiempo es el mismo para todos pero cada uno hace su propia elección de en qué o en quién lo invierte. Hace mucho entendí que un día el tiempo se acaba y después no hay más que una mano llena de monedas no gastadas.

No podemos dejar que las heridas nos definan y condicionen nuestra vida. Pero hay días que es bueno pasar nuestros dedos y acariciar nuestras cicatrices para darnos cuenta que si un día sobrevivimos podemos volver a hacerlo siempre.

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