
Mientras descanso en un sitio privilegiado pienso en todas las historias que se esconden debajo de cada una de las sombrillas que permanecen clavadas en la arena algunas desde el amanecer. Abuelos que madrugan porque saben que el tiempo vuela y lo hacen para que sus nietos, herederos de un verano de playa y sal disfruten en primera línea mientras ellos atentos les consienten todo lo que en su infancia ellos mismos no tuvieron.
Pienso en que cada uno enfrenta el verano de la mejor forma que puede según sus circunstancias. Todos no viajan a lugares lejanos y paradisíacos. Volver al pueblo a veces es el mejor plan. Salir de un hospital o no entrar en él aún con la salud mermada pero ser cuidado con amor y cariño es oro en una sociedad a veces tan dura. Estar solo en vacaciones se hace cuesta arriba pero estar rodeado de mucha gente y ser invisible lo es más.
Romper con la rutina, los horarios y las obligaciones es necesario para nuestra mente y nuestro cuerpo. Quizás algunos tengan que esperar más o no llegue en mucho tiempo pero el orden también contiene belleza y equilibrio. Todos los lugares están llenos de oportunidades y todas las personas somos la oportunidad de otra. Un gesto amable, una sonrisa, un escucha activa o un consejo salvan vidas y alegran corazones.
Este verano que ha revuelto mis días me hizo pensar tras escuchar una reflexión qué lugares son imprescindibles para mí porque me dan sosiego, qué actividades calman mi nervio, qué actividades no quiero postergar más y qué personas volvería a elegir vida tras vida para que caminaran junto a mí. No son tantos los lugares, ni las actividades ni tampoco las personas. Todos sabemos que las personas van y vienen y solo unas pocas se detienen. Personas que no te juzgan, que te hablan con ternura pero con firmeza, que cuentan contigo para lo bueno pero sobre todo para lo menos bueno, hombros a los que ir a llorar, que te dejan llorar y te acompañan en la caída y nunca te sueltan.
Los veranos siempre se pintan con un poco de cal y traen un poco de arena. La alegría por los planes que se realizan, por las noches largas y los amaneceres cortos, por los baños nocturnos, por los lugares que se visitan, por las compañías de siempre y las nuevas. La melancolía por los recuerdos de otros tiempos, las despedidas semanales, expectativas que se aplazan y heridas que escuecen con la sal del mar. Y por detrás una mente que intenta enredar lo que el corazón no duda y un Marte que dicen que está retrógrado. Un cóctel difícil de tomar.
Aún nos queda verano por delante y días para vivirlos intensamente o dejarlos ir. Cada uno a su modo, en su momento y en un lugar. Unos deseando volver a la rutina y otros queriendo alargar un poco más las vacaciones. En mi caso que es un verano de improvisación solo vivir los días con todo lo que nos traigan, planeando a medias y probando una nueva forma de vivir. Empezando nuevas rutinas, estableciendo otras metas y dejando de lado a tenerle miedo al miedo. Atreverse sin culpa, priorizarse sin sonrojo, escuchar más al cuerpo y silenciar los pensamientos que quieren llevarme de nuevo a un punto de partida al que no quiero volver.
Disfrutad del verano sea cual sea la versión que os esté tocando vivir porque estos días para bien o para mal nunca volverán así que es nuestra decisión saber qué hacemos con ellos.
