
El verano me enseñó que necesito el otoño con sus colores marrones y naranjas. Los colores brillantes me deslumbran y no encuentro la calma entre los mares azules si no entre el verde de las montañas.
El verano me enseñó que es menos verano si no lo compartes con quien quieres. Y yo quiero mucho a unos pocos. No necesito recorrer miles de kilómetros si no estar a pocos metros de ellos.
El verano me enseñó que es el mejor momento para mirarme, mimarme, tratarme bien y hablarme mejor. Tiempo para cuidarme por dentro y para recolocar todo lo que emocionalmente quedó oculto por la rutina
El verano me enseñó que no necesito tanto silencio y que el alboroto alegra mis días. Que me gusta repetir las mismas fotos en los mismos sitios año tras año.
El verano me enseñó a vivir despacio por todos aquellos en los que viví con el corazón apretado y sin aire en los pulmones. Por aquellos en los que pensaba que me ahogaba cuando el agua solo cubría mis pies.
El verano me enseñó a hacer de cada uno un recuerdo bonito para guardar en la memoria. Me enseñó a honrar mi infancia y a mis padres que me dieron la mejor de todas ellas.
El verano me enseñó que no me gustan los helados, ni el agua fría pero sigo buscando cielos llenos de estrellas por si veo la que más brilla y tú estás en ella.
El verano me enseñó que lo necesito para organizar mis rutinas y mis nuevos objetivos. Y me recordó que cada día cuenta en una cuenta atrás que no hay quien la detenga.
El verano me enseñó que no soy la niña que fui pero que el día que emprenda mi último vuelo algo de mí quedará en todas las personas, las cosas y los lugares que un día amé.
El verano me enseñó que está bien así. Que nadie sabe las batallas que una libra consigo misma. Que no tengo canas pero sí heridas pequeñas que no puedo tapar con una tirita porque solo el tiempo es su dueño. Pero sigo caminando hacia delante, paso a paso, camino a camino, montaña a montaña.
Lo que el verano me enseñó…
