¡Hasta siempre dulce hogar!

En la vida hay que tomar decisiones que aunque nos duelan tenemos la certeza que son necesarias y buenas a largo plazo. Lo malo es tomar las decisiones pensando solo en uno mismo cuando salpicará a otros tantos. Y peor es aún hacerlo hiriendo la sensibilidad de los otros y ser consciente de ello.

Cuando te conviertes en madre trazas un buen plan en el que cualquier decisión ya no te atañe solo a ti misma. Siempre te dejas la última, bailas la última y renuncias a todo y más. Esa es la maternidad que yo vivo, tres siendo una y una siendo tres. En tiempos de pandemia, mi riesgo es cero y toda precaución es poca. No vivo en el miedo pero he postergado las visitas a convalecientes, hay bebés a los que no conozco ni purpurinas que usar con amigos. Todo lo demás es puro moralismo.

Este año ha venido cargado de decisiones y de pocas opciones. El mensaje estaba claro, “abrir la puerta” y dejar que el agua siga su curso. Quizás ese agua provoque grandes daños. Serán irreparables y se pagará un precio alto. El tiempo dirá aunque el murmullo del agua ya puede oírse.

Aún quedan algunas semanas para acabar con este año, el cual se merece un post de 500 palabras pero no dejaré que me robe más líneas hoy. Y si de líneas hablamos aunque las mías se torcieron con mi lápiz mágico las estoy enderezando. Compré un nuevo cuaderno de hojas blancas y yo que soy doña listas ya empecé a escribir mis nuevos objetivos del año 2021. Hacía tanto tiempo que rodaba dentro de una rueda tal cual ratita que se me ha llenado rápidamente la primera hoja. Soy de la opinión de dejar visibles tus objetivos vs sueños de cada año porque aquello que pones en papel es como un contrato contigo mismo. Estas firmando un compromiso con tu vida y tus manos dan fe de esa firma.

Terminé hace unos días la mudanza más costosa que he hecho. Costosa en tiempo, en energía y en tener paz. Junté unas cuantas cajas llenas de pasado, cargué unas cuantas décadas y cubrí el resto con sábanas blancas. Repasé con mi memoria cada estancia y fui cerrando sus puertas. Encima de la mesa principal dejé lo único que no me pertenecía. Agradecí el tiempo vivido allí y dando un portazo solté mis últimas lágrimas.

Fuera me esperaba una nueva vida, un nuevo camino, y una mochila llena de sueños que compartiré con quien quiera estar. Si algo aprendí es que si tienes que rogar que alguien se quede entonces no es bueno.

Hoy volvió a amanecer y la mano de mi Pequeña Campanilla II cogió fuerte la mía y a partir de ahí no hay nadie ni nada más que valga la pena que ellas. Cada renuncia, cada sueño aplazado, cada mudanza, cada adiós vale la pena por ellas. No todos podemos llegar a ese estado, a ese aprendizaje en el mismo momento. La pena es hacerlo cuando sea demasiado tarde y cuando el rumbo haya cambiado.

¡Hasta siempre dulce hogar! Gracias por regalarme buenos momentos y haberme elegido como inquilina. Aunque nunca volveré a habitar en ti, tú siempre lo harás en mí.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: