Caminaba ella segura de sí misma sabiendo que tras aquella esquina el viento golpearía su cara apartando sus lágrimas y despejando su mirada.
Avanzaba firme ocultando una vez más que sus piernas temblaban por un pasado que no era capaz de dejar atrás y por un futuro que no veía llegar.
Jamás confió en que el tiempo pudiera regalarle una nueva oportunidad que le devolvería la sonrisa pese a que ella jamás dejó escondidas sus risas.
Las cosas no acabaron allí y en aquel tiempo porque ese final comenzó cuando el cronómetro empezó a marcar el tiempo de descuento.
Ella mejor que nadie supo hacer magia para no romperse cuando las olas golpeaban los acantilados de su historia.
Se colocó al borde del abismo y mientras juraba no volver a caer supo que aquel día volvería a perder una y otra vez.
Viajó al centro de su alma, la recompuso a golpe de terapia, salió mientras el sol peinaba sus recuerdos y fuerte los abrazaba.
Y detrás de aquella ventana que la tormenta había cerrado apareció él para acariciarle la espalda, mirarle a los ojos y besarle hasta el alba.
Jamás perdió su suerte porque ellas son el amor que nunca falla, que siempre besa, abraza y abriga sin manta.
Pronto llega la Navidad y su luz viene a recordarnos que no perdamos la esperanza. Las estrellas anuncian su llegada así que prometamos llenar nuestras palabras de mucha paz.
Diciembre arranca con una media sonrisa por todo lo bueno que me trae la vida diaria que a veces parece poco porque valorar lo sencillo es complicado en tiempos de tambores que llaman a la calma entre tanta agitación.
Noviembre se despide con algo de peso en el pecho. Algunos días de insomnio, noches largas, conversaciones que ruedan sin girar y un olor perverso que me espanta. Nunca he ocultado que sea cuadriculada para algunas cosas pero no soy de espadas ni de paredes.
Con la mente reviviendo lo vivido en los meses anteriores y aceptando que la vida cambia en un click empiezo a pensar en las semanas siguientes sabiendo que van a pesarme como el plomo y que todo es cuestión de interiorizar que todo pasa. La vida nos va colocando en la casilla de salida y de llegada. Hoy crees que has llegado y mañana te das cuenta de que nunca saliste.
Lo bueno del futuro es que despeja de tu camino lo que no cabe, lo que no vale y a quien no tiene que estar. Podemos insistir con personas para mantenerlas cerca pero con el tiempo entendemos que se fueron lejos hace mucho tiempo.
Llega diciembre y no nieva. No habrá unas navidades blancas y quizás tampoco frías. Con los años uno acaba acostumbrándose a todo y donde hubo una docena de platos ahora sólo coloca sobre el mantel unos pocos. Con los años una también sabe hasta donde está dispuesta a llegar y hasta donde está dispuesta a dejar que lleguen los demás. En la vida son necesarios los límites tanto o más cómo saber cuidarse a uno mismo, quererse y respetarse.
Para muchos todo vale con tal de tener una vida. Para mí no todo vale. Cuentan las palabras pero le hago más caso a los gestos. No sé resolver un problema de física pero me detengo a conocer a las personas, a cuidar a las que me cuidan, a regalarles mi tiempo, a escucharles y a intentar entenderlas. El problema es que una mente analítica como la mía se enreda con pensamientos que a veces son erróneos pero otras veces acierta de pleno y asumir esa verdad, duele, duele mucho.
Se va noviembre y me quedo en reunión conmigo misma. Medito para relajar mis pulsaciones y no convertirme en un volcán que desborda. Quizás llegue el día que esté cansada de silenciarme pero confío en que los caminos se despejarán y tal como marca la ley de la vida todos seremos colocados en nuestro lugar a nuestro tiempo.
Frente al espejo veo un rostro que acusa el paso de los años. Indicios de todo lo vivido y de un estrés que me consume algunos días y que hace que mi ojo enfermo no acabe de recuperarse. No lo hará nunca. Es el precio que tienen los sueños que se cumplen a destiempo.
Me costó aceptarme así tal cual. Pero sé que mi mirada con mis ojos grandes y marrones no engaña. No aprendí a callar con los ojos pero sí a silenciar mis palabras en batallas que no son mías. Podría ganarlas pero las situaciones que desgastan solo hay que dejarlas ir.
Leía días atrás acerca de la cultura romana y todo lo que ella nos dejó. Ella nunca perdonó a los traidores. Nosotros aprendimos a hacerlo desde los labios pero no desde el corazón. No siempre, no con todos, no en el amor. Quizás no somos distintos a ellos que mataban con la espada y nosotros con el rencor.
Recordé que las ciudades nunca se moverán del sitio. Que cada uno elige y en sus elecciones está su destino y que quizás con las palabras se hiere pero con nuestras elecciones también lo hacemos. Que somos libres pensadores pero no ejecutores y que a veces no necesitamos una amnistía si no aceptar que el que quiere estar, está y el resto sólo es ruido.
Sopla un viento muy fuerte estos días y mi cabeza vuela. No hay manera de recoger mi pelo y a mi alrededor el polvo hace estragos en mi nariz. Ayer me dediqué a escuchar el silencio, a veces las cosas sencillas son las que más se echan de menos. Estoy aprendiendo a cocinar mis proyectos despacio porque el tiempo come mis ambiciones.
No tengo la sensación de “otoño”. Es una estación que no conozco. Y mi cuerpo no sabe ni por donde va. Mi armario mezcla colores cálidos y fríos y estoy muy cansada de un verano que no se va. Mis pies empiezan a estar fríos por la noche pero durante el día arden.
La rutina llena mis espacios y sé que siempre es así en los arranques de curso escolar. Sé que mi bandeja de tareas no va a vaciarse hasta dentro de unas semanas. Escucho las demandas de todos los personajes y ellos mis súplicas para que acepten su papel. No hay vuelta atrás. Ser padre es sacrificio y aunque es una palabra dura es la pura verdad. Pero si no nos sacrificamos por el futuro como vamos a saber honrar el pasado.
Los que me conocen saben que a pesar de todos los males siempre saco mi sonrisa e intento que los de mi alrededor también lo hagan. Nuestros plazos deberían ser de 24 horas. Así viviríamos como los que ganaron todo y no perdieron nada. Dice mi terapeuta que aún no sé soltar el control y que la vida está poniéndome mil desafíos para que lo suelte.
El año acaba y aún no tengo mis objetivos para el año próximo. Más bien no quiero revisar los del anterior y prefiero mirar hacia nuevos caminos y horizontes perdonándome por lo no alcanzado y aceptándome así de imperfecta pero con la certeza de que soy leal a mí misma y que si he podido soltar el control cuando la vida más se descontroló puedo volver a hacerlo ahora y siempre. Fe.
No hubo un trabajo que eligiera mejor. Sin experiencia ninguna solo con referencias cercanas que ya habían pasado por él pero sabiendo que al menos una vez quería desempeñar esa labor. Desde que recuerdo fue uno de mis principales sueños y sabía que sola o acompañada lo haría.
No ha habido un trabajo en el que haya y siga aprendiendo tanto. Causa en mí mil dudas, supera mis límites y pone a prueba toda la paciencia que tengo. Es lo que más me ha hecho llorar y reír. Es lo que me ha hecho levantarme cada día en tiempos de dolor y tocar el cielo con los dedos de felicidad.
No hay un trabajo que vaya a ser tan eterno y que vaya a exigirme más. Es el trabajo que me ha hecho renunciar a muchas cosas y por el que perderé viajes, tiempo de autocuidado y oportunidades profesionales. Es ese trabajo que revoluciona tu mundo y a ti porque te conviertes en una nueva versión de ti misma.
No concibo mi vida sin ese trabajo. Es a tiempo completo, abarca todas las horas de un día, de cada día de todos los días de un año y de año tras año. No puedo recordar cómo era mi vida antes, no sé quién era yo ni que hacía con mi tiempo. Pero sé que desde que me levanto hasta que me acuesto mi cabeza da vueltas en torno a él.
No hay un trabajo que me vuelva tan del revés, ni acapare tanto mi atención y por el que esté dispuesta a dejarme la piel. Seguramente no sea la mejor del mundo y esté llena de errores y equivocaciones pero no hay escuela que te prepare para este trabajo más que el instinto y la experiencia.
No hay un trabajo mejor que el de ser madre. Tampoco uno más duro ni más imperfecto. Hay días muy agradecidos, momentos inolvidables pero también los hay de mucho cansancio, noches sin dormir y mucha visitas al médico. Pero recuerdo el primer minuto que sostuve a cada una de mis pequeñas campanillas entre mis brazos y sé que cumplí con mi destino al traerlas al mundo. Hoy las miro y entiendo por qué siempre quise ser madre pero sobre todo que quería ser la suya y espero que algún día me miren con la misma ternura y comprendan por qué me eligieron.
Sé que las ojeras me delatan y a veces se me escapan los gritos. Sé que hay días que olvido mi propia pedagogía y que me siento la mala del cuento pero estoy en paz cuando apoyan su cabeza en mi hombro, me cogen de la mano y con mi cara entre sus manos me plantan un millón de besos.
Sé que este trabajo no acabará nunca. Que echarlas de menos me ha hecho desearlas con más fuerza. Sé que no volveré a sostener un bebé entre mis brazos y que con ellas completé mi ciclo. Pero también sé que si volviera a ser madre acogería con el mismo amor a ese nuevo milagro porque si de algo estoy segura es que serlo es un privilegio que la vida nos concede y nos cede por un tiempo.
Quiero ser la letra de tu canción y no solo un título que olvidas. Quiero componer todas tus estrofas y ser la número uno de tu lista.
No soy tus primeras veces pero me quedo con ser alguna de esas únicas veces que siempre se recuerdan aunque haya cambio de estación.
Quiero ser esa melodía que te alegra los días y no el “réquiem” de una muerte anunciada porque no hay nada más que duela que lo que no se acepta.
No soy esa arcilla que se moldea ni el agua que se estanca. Sé que tiro de instinto y no me gusta darle la razón cuando no le hago caso.
Quiero ser las notas altas y bajas de tu pentagrama. Tú no sabes de ritmo y yo de agudos y graves pero entre los dos ejecutamos con delicadeza nuestra partitura.
Soy viento que ha de volar. Necesito respuestas. Hago preguntas. Soy de piel fina aunque a veces mis palabras raspen tus oídos.
Quiero ser ese disco rayado que escuchas una y otra vez. Ese grupo de música de antaño que empaña tus recuerdos de una luz brillante y de un pasado que pasó sin pesar.
Soy TOC para mis sentimientos porque me resisto a dejarme oscurecer por las nubes negras. Escribo mejor que hablo. Sé respirar pero no disimular. Y no aprendí a maquillar mis heridas tanto como para que no se noten.
Quiero lo que soy. Hay días que canción, otros melodía y unos pocos silencio. Ese que a ti te pesa y a mí me libera. El peligro no es el silencio si no las palabras que se ahogan entre las cuerdas vocales de la garganta.
Soy lo que quiero. Serlo es un trabajo que nunca acaba. A veces desafino y me cuesta admitirlo. No soy perfecta pero no oculto mis errores.
Ojalá siempre sea ese paso de baile que quieres dar en cualquier escenario al que la vida nos lleve. Prometamos cuidar de nuestro telón para jamás bajarlo.
El 10 de octubre es el Día de la Salud Mental. Una jornada para recordarnos la necesidad de atenderla, cuidarla, comprenderla, aceptarla y sanarla. Nos asustamos cuando nuestro cuerpo presenta síntomas de una enfermedad física ignorando que la mayoría de las veces son ocasionados por enfermedades mentales no tratadas.
Los gobiernos de todos los países invierten muy poco dinero en ella siendo una de las principales causas de muerte en nuestro siglo. Ningún país ni nación se pone al frente de dotar a la sanidad de todos los recursos necesarios para evitar que cada año aumente el números de casos de enfermos mentales que acaban usando a diario ansiolíticos y tranquilizantes.
Muchos de los que tenemos a nuestro alrededor no son capaces de reconocer que necesitan ayuda y que es urgente porque se ahogan al escuchar el sonido del despertador cada mañana. Convivimos con amigos llenos de esquizofrenias, bipolaridades y TOC. No son simples manías, ni gente rara o especial. Son personas que necesitan ser ayudados por profesionales para que la enfermedad no domine su vida y para que nosotros podamos entenderlos y empatizar con ellos.
Necesitamos desmitificar la respuesta de “estar bien” porque hay días que solo estamos. No necesitamos ser una fuente de alegrías cada día pero sí autoconocernos y saber que hay días que no son buenos. Saber que hay cosas con las que a veces en ese momento no podemos y que es mejor abandonarlas por un tiempo que abandonarnos a nosotros mismos.
Todos nosotros acabaremos viendo a alguien cercano quitarse la vida y no nos lo anunciará con luces de neón. Quizás pensemos que su vida es maravillosa pero muchas veces desconocemos la soledad que se siente en las madrugadas o el dolor que punza tras muchas puertas. Hay que vigilar, acompañar y encontrar el modo de ayudar. Si al final decide escribir su final, lo hará pero nosotros sabremos que hicimos lo que pudimos.
La mente es muy compleja. El ser humano es capaz de resolver ecuaciones matemáticas y entender la física cuántica pero se desmorona ante los reveses de la vida, se siente vacío y perdido. Pensamos que podemos solos con todo y tiramos un poco más del carro hasta que llega el día en que la vida nos supera.
Personalmente cuido mucho mi salud mental porque la respeto, la tengo en cuenta y la priorizo por encima a veces del ejercicio físico. Cuido los alimentos que ingiero y tampoco fallo a los encuentros con mi terapia. Solo los que algún día vimos peligrar nuestra salud mental sabemos que es fácil abandonarse al desequilibrio.
Desde estas líneas os hago un llamamiento a proteger vuestra salud mental y a cuidar la de las personas que tenéis alrededor. Quizás un abrazo es mejor que mil palabras. Hay días que se trata solo de escuchar y acompañar. Tomar en serio a quienes nos conocen y saben que estamos fuera del equilibrio. No sumar a quien no puede con su propia carga. Saber decir “no” a tiempo es mejor que cargar con un “sí” que no se soporta.
No es un otoño de hojas secas en el suelo ni de rebecas de lana finita para los primeros aires que soplan fresquitos. No es un otoño de planes consolidados y agenda cerrada. Y si hay algo que aún me cuesta sobrellevar es el descontrol y la falta de equilibrio a mi alrededor.
No es un otoño tranquilo… no lo está siendo y a penas en los primeros días he tenido que rescatar las lecciones de mi terapeuta. Aparentemente tranquila por fuera pero con pequeños fuegos por dentro que solo pueden apagarse con mucho tesón pero sabiendo que las ascuas están ahí aún calientes.
Los otoños son amados y odiados a partes iguales pero siento que el mundo anda agitado, nervioso y muy cansado de un verano que no acaba. Trabajamos con las horas del invierno pero con temperaturas de un clima tropical que ralentiza nuestros movimientos y nubla nuestras decisiones.
El mes de septiembre nos trajo en sus horas finales la luna de la cosecha. Este año nuestra tierra está agotada y nos dará pocos frutos. Algunas granizadas han dañado nuestros cultivos pero bajo los árboles de los bosques húmedos nos han prometido encontrar todo tipo de setas.
El viento no sopla siempre en la misma dirección ni nosotros caminamos siempre por la misma senda. Hoy festejamos lo ganado, mañana lloramos lo no conseguido. Pero lo importante es seguir estando para vivir lo que nos toque. Puede que la paciencia no me alcance en algunas situaciones ni sea capaz de esperar a que las cosas sucedan y las personas pasen pero el tiempo me enseñó a golpe de lágrima que seguir hacia delante te acerca a lo que quieres conseguir.
Los tiempos se reinventan. Los murales del otoño se visten de hojas pintadas a mano porque nuestros árboles aún lucen muy verdes. Recibimos la herencia que necesitamos no la que creemos merecer. Construimos la vida que queremos y nos convertimos en tiranos de nosotros mismos buscando una perfección insana. Prometemos cosas que no sabemos mantener por nuestras debilidades. Gastamos nuestras fuerzas en sitios y con personas que no valen el precio que pagamos.
Quizás este otoño no está resultando fácil. Añorar el verano desgasta y esperar el invierno abruma, así que mejor atarse fuerte las zapatillas y confiar en aprender a generar momentos que nos alivien y personas que nos den el aliento que necesitamos aunque no estén cada día para abrazarnos.
Querido otoño has llegado, cumple tu misión y haz que te recordemos con una sonrisa. Sabemos de la dureza del invierno y tú siempre nos has preparado para su llegada. El mundo anda revuelto y algo desquiciado. Sé nuestro norte y llévanos por el camino correcto.
Dis-li que li estranye com s’estranyen als que mai s’obliden. Que el busque encara sabent que s’ha perdut per sempre en el cel de les estrelles.
Dis-li que li enyore no pel seu perfum si no pels seus batecs que feien que els meus s’uniren als seus i caminaren junts sense importar el temps.
Dis-li que no li oblide ni tinc intenció de superar-ho i que el seu record continua viu encara que la nostra història s’haja detingut.
Dis-li que encara el vull com es vol als amors impossibles i que encara que el nostre va ser possible no puc oblidar que es va anar a la tardor entre llàgrimes i tristeses.
Dis-li que ha passat una dècada des que es va emportar el seu somriure però que ens va deixar les seues ganes de plantar-li cara a la vida i de continuar avant vivint noves aventures.
Dis-li que li continue esperant en totes les portes i que entre riures m’engrunse ben alt per si algun dia puc aconseguir el cel i abraçar-nos sense cap silenci.
Dis-li que m’espere, que em trobe quan arribe el moment de buscar-li, que sé que no sempre li escolte, que sé que encara està enfadat per les promeses trencades d’altres però que vaig aprendre tot el que em van ensenyar aqueixos altres.
Dis-li que ja no soc un tretze des que ell ja no ho és. Que soc un tres. Que soc imparell. Que la meua base és la meua infància i el meu futur aqueixa família que un dia ell va crear per a resistir als vents i els anys de traspàs.
Dis-li que li escric en valencià perquè així és com el recorde. Que escolte el seu murmuri i en els meus somnis li veig agafant les meues mans i prometent-nos algun dia tornar a trobar-nos i mai deixar de estimar-nos.
Elige a quien con todas las razones para marcharse decida quedarse solo por una.
Elige a quien no suelte tu mano nunca y no solo cuando estés perdido.
Elige a quien te quiera bien porque es el reflejo del amor que te tienes a ti mismo.
Elige a quien te escuche y te mire a los ojos cada día como si fuera el primero y no el último.
Elige a quien te elija no te escoja. Para quien seas prioridad y no tarea. Ilusión y no costumbre.
Elige a quien te quiera para hacer equipo no pareja porque la vida está llena de partidas que jugar.
Elige con la cabeza y después ama con el corazón. Si primero eliges con el corazón será tu cabeza quien estruje el corazón.
Elige a quien te sostenga no te soporte. El primero jamás te hará caer pero el segundo dejará que lo hagas.
Elige a quien se siente a tu lado a esperar a que te levantes porque ese es el acto de mayor amor y respeto hacia el otro.
Elige a quien quiera construir sin destruir, a quien quiera avanzar sin retroceder, a quien primero te abrace y después te bese, a quien encienda la luz contigo, a quien te dibuje una sonrisa, a quien quiera planes y no peleas.
Elige bien porque solo el verdadero amor cura y no daña, es sueño y no pesadilla, es camino y cima, es verano e invierno, es el abecedario entero y no solo las vocales, es refugio y no cueva, es paz y no guerra. Y es todo eso que es y solo eso es lo que es.