Un poco de mí

Camino deprisa pero más lo hacen mis pensamientos y al ritmo lento de lo que imagino y nunca ocurre los ahogo en mis letras.

Hablo mucho tapando el ruido que sale de mi boca para no ennegrecer los momentos llenos de luz que la vida me ofrece.

Duermo poco y consumo mis horas soñando con un futuro que hace de mi presente mi mejor proyecto y al que me empujó mi pasado.

Río todo lo que puedo y lo que no puedo ante una realidad que pocos conocen y soy la mejor maquilladora de mis propias heridas.

Lloro más por dentro que por fuera conteniendo lo que me ahoga y necesito una vida entera de terapia más que cubrir mis arrugas.

Escucho a todos pero trazo mis renglones torcidos y me equivoco como nadie pero me asusta dar por sentado el para siempre.

Escojo aunque no me elijan, bailo aunque no me acompañen y canto aunque llueva. No me gusta el frío pero no soporto el calor.

Miro de reojo, beso con los ojos cerrados y me descontrola que no haya capitán y que el barco vaya a la deriva.

Confío despacio porque después ya no hay vuelta atrás y no sé entregar la mitad. No me gustan los extremos ni el todo o nada.

Quizás ésta sea yo o quizás la proyección de quien fui o de quien aspiro a ser. Quizás una adivinanza o un acertijo por resolver. Quizás aún estoy por descubrirme y sé que no tengo las respuestas a las preguntas que me hago a mí misma. Quizás el próximo año me acerque un poco más a ser y no estar. O quizás el destino cambie mis cartas…

Echar de menos

Te echo de menos. No hay palabras más bonitas como declaración de amor y tampoco palabras que pesen tanto para quien las pronuncia. Cuando dos personas se quieren el echarse de menos acerca sus sentimientos y acorta los kilómetros. El peligro viene después cuando la distancia ya es tan grande que ninguno se echa de menos.

Echarse de menos no es depender del otro ni sentir su necesidad. Tampoco es querer estar juntos cada minuto de la vida del otro. Es más bien el querer sentir la paz, la armonía y el equilibrio que se tiene al estar juntos. Es vivir la aventura el uno de otro. Es sostenerse el uno al otro. Es saber callar a tiempo y hablar cuando toca.

Echarse de menos no es algo que pueda decirse a todos. Solo caes en la cuenta cuando la otra persona ya no está. El peor momento de ver partir a las personas que quieres es cuando te das cuenta que no volverás a abrazarlas. Los recuerdos seguirán ahí, sus enseñanzas te guiarán y podrás escuchar su susurro a través del viento pero sus manos jamás cogerán las tuyas.

Echarse de menos es una sensación, un sentimiento o un estado por lo que todos moraremos. El ser humano está tan desprovisto de amor por sí mismo y por el otro en estado puro que solo empieza a ganar cuando lo pierde todo. Puede echarse de menos sin dolor y sin lágrimas y convertirse en el deseo de ver a la otra persona.

Nuestra vida está llena de añoranzas. Echamos de menos a personas, situaciones, vivencias, olores…solo si cierras los ojos y los aprietas bien fuerte puedes transportarte a eso que echas de menos y dibujar con tus labios la sonrisa más bonita del mundo. Y así quiero que me echen de menos a mí, sonriendo por lo vivido juntos y con muchas ganas de seguir compartiendo vida.

Hay muchos diccionarios de sinónimos pero deberíamos crear uno de expresiones que nos ayuden a descifrar las entrelíneas que nos alejan de los otros por no conocer el código de comunicación. Nada de interpretaciones ni de versiones. Igual que el morse donde lo que se transmite es lo que se quiere decir. Estaría bien empezar por este expresión “te echo de menos” como sinónimo de quédate a mi lado el resto de mi vida.

El mundo está lleno de infinitas posibilidades, nadie tiene la verdad absoluta pero todos sabemos que echar de menos puede ser la más amarga de las emociones y el más profundo de los sentimientos.

Ojalá que sí

Llega diciembre y mi aplicación de música me recuerda que este año pasé 26.289 minutos escuchando cientos de canciones. Analizan mis gustos y me definen como alguien aventurero en lo musical. Quizás porque me gusta adentrarme en otros mundos y conocer nuevos espacios.

Hay pocas actividades que me guste hacer sin que suene alguna música aunque sea bajito o de fondo. Quienes me siguen saben que tengo mi propia lista para escribir. Una lista que va cambiando, algunas melodías las he ido eliminando para incorporar otras nuevas. Aunque hay momentos en los que echo la vista atrás no suelo detenerme en las notas del pasado porque eso me impide colocarme para escuchar las del futuro.

El año anterior mi canción era sin letra y reflejaba mi decisión de fluir con la vida y de creer en mí misma. Una pieza musical interpretada con piano y cello que me trajo toda la calma y el sosiego que mi alma necesitaba.

Este año una buena parte de mis minutos musicales los he invertido en una canción con letra que no sería capaz de reproducir entera pero que ha hecho que su mensaje calara en lo más hondo de mi corazón. Y es que él ha sido un poco más protagonista este año. Venía algo roto pero se había curado y nunca había dejado de latir por sus pequeñas campanillas, su familia y sus amigos de verdad.

Ojalá que sí es la canción que más se ha reproducido en mis auriculares. Mitad hablada, mitad cantada y con un título que habla de un gran deseo y de un sueño por cumplir. París como ciudad que ella no conoce y libros que él no ha leído. Sin miedo y con ganas de todo. Sin estrellas y con cicatrices. Unidos pero independientes. Siendo valientes, con un billete de ida y vuelta al universo y queriendo volar juntos.

Sin bola de cristal y jugándolo todo con la intuición de alguien que aprendió a perder sonó esta canción durante estos meses casi en bucle. Con los pies en la tierra y los sueños en el cielo la escuché en los días en los que la necesité.

Diciembre es mes de canciones, villancicos y música. Si no sabes decirle a alguien con tus propias palabras aquello que sientes, tus miedos, tus heridas o hablarle de tus sueños…Díselo con canciones…Nuestros gestos serán recordados nuestras palabras olvidadas o mal interpretadas pero una melodía jamás se olvida y una canción se tatúa en el alma de quien la escucha.

Larga vida a la música, a las canciones y a las notas musicales que ordenan nuestra mente, alejan nuestros miedos y hacen desaparecer nuestros monstruos. Larga vida a quienes comparten nuestros sueños y convierten las dudas en certezas.

Todo empieza…todo acaba…todo pasa…

A penas en unos días empezamos el último mes de este año 2022. Vuelvo la vista atrás y creo que más que nunca este año me quitó los días sin darme casi cuenta. Un año muy exprimido en muchas áreas de mi vida. Y así llego casi sin aliento y con las fuerzas suspendidas en el aire. Para alguien a quien le gusta el control, no disfruta con tanto cambio y no sube a montañas rusas el año estuvo bien repleto de movimiento.

Sé que mucha gente disfruta saliendo de su zona de confort, otros no lo soportan y luego estamos los que preferimos salir por nuestro pie y la vida nos empuja al borde del precipicio para que decidamos si tirarnos sin paracaídas y confiar. Y está siendo un año de poner en práctica todo lo aprendido en estos años de terapia y de cosechar todo lo trabajado con tanto esfuerzo. Año de silencios largos y de alma agitada que hicieron que este último mes se sirva un cóctel muy agitado de emociones que para una mente racional como la mía resulta un poco amargo.

Mucha gente cree que los fuertes siempre lo somos pero ellos no nos ven entre bastidores mordiendo nuestras uñas y secando rápido nuestras lágrimas porque el espectáculo de la vida tiene que continuar y no porque no queramos mostrarnos vulnerables si no porque no tenemos más opción que esa. Quizás seamos los fuertes los más sensibles, los que aprendimos a medir nuestras palabras y los que sabemos leer las entrelíneas de los gestos de los otros aunque callemos.

El tiempo me enseñó que todo lo que empieza algún día también acaba pero fue un alivio entender que todo pasa. Aún en los días más sombríos agarrarse fuerte a esta idea es la que me mantuvo con esperanza. Ese mismo tiempo también me enseñó que el amor lo puede todo pero que a veces no es suficiente. Y al final cada uno está donde debe estar. Mirar a los ojos de alguien a quien se quiso y agradecer lo aprendido es otro capítulo por escribir. Mirar a los ojos de alguien a quien se quiere y tener el valor de ser uno mismo mostrándose totalmente vulnerable son las líneas más torcidas que escribiré este año.

Si hay algo que odio es tener razón en ciertas situaciones. Pero no puedo silenciar a ese yo interno que me abre los ojos y me coloca ante una realidad que no puedo cambiar. Soy consciente de las cartas que tiene mi baraja y es ahora al final de este año cuando acepto que no tengo ningún as guardado en la manga. Mi vida es la que es y es con quien es. No cambio a mis reinas ni tampoco prescindo de mis torres. Necesito a mis alfiles cerca.

Este año empezó y casi acaba pero lo que es cierto es que pasará. Quedará ahí en un rincón de la memoria quizás como un año de bienes con mucha nieve o tal vez como un año que secó mis lágrimas porque no hubo noches para derramarlas.

Heridas

Todos tenemos heridas. Algunas provocadas por nuestras propias caídas, otras porque dejamos que sean otros quienes nos hieran y las más pesadas las que portamos sin ser conscientes pero son las que tal vez más duelen.

Las cicatrices no están ahí para recordarnos el dolor que vivimos si no todo lo que esa herida nos enseñó. Quizás afean nuestro cuerpo pero son un claro signo de que sobrevivimos en la mesa de operaciones.

El problema no son las heridas si no la cantidad de sal que echamos en ellas. Enloquecemos del dolor y aún sabiendo que es la mente la que puede hacer que desaparezca nos regodeamos en el dolor haciéndonos víctimas. No hay nada más peligroso que alguien creyéndose la víctima del cuento cuando es uno de los verdugos de la historia.

Las heridas vienen acompañadas de palabras que retumban y que caen como piedras en el alma. El poder de la palabra lo cambia todo. Dichas en el momento exacto salvan o enlutecen a quien las escucha. Las peores son las que salen sin ninguna intención y suenan como dardos lanzados justo al centro de la diana.

No hay que temer a las heridas. Tampoco pasa nada porque sangren alguna vez. Quizás sirva taparlas pero al final sabemos que hay que dejar que el tiempo las cierre con nuestro esfuerzo y nuestras lágrimas.

Cada uno lleva las suyas. Nadie puede cosernos las nuestras. Y con la experiencia de los años uno aprende a no dejar que otros hurguen si no van a quedarse a ver cómo se cierran. Nadie debería tener jamás el poder de hacernos sentir menos o mal por las heridas que tenemos porque las que ven en nosotros son las que necesitan curar en ellos.

Todos los años nos cierran algunas, nos abren un poquito otras y nos van haciendo pequeños rasguños que tenemos en nuestra mano que no se conviertan jamás en herida. La responsabilidad es nuestra y sólo nuestra. Los otros son los otros y ya aprendimos eso de que quien quiere estar está. No hay nada más cierto que el tiempo es el mismo para todos pero cada uno hace su propia elección de en qué o en quién lo invierte. Hace mucho entendí que un día el tiempo se acaba y después no hay más que una mano llena de monedas no gastadas.

No podemos dejar que las heridas nos definan y condicionen nuestra vida. Pero hay días que es bueno pasar nuestros dedos y acariciar nuestras cicatrices para darnos cuenta que si un día sobrevivimos podemos volver a hacerlo siempre.

Silencio

¿Qué tiene el silencio que da tanto miedo? Estamos tan acostumbrados al ruido que inunda nuestra cabeza y nuestra boca que cuando no hay nada que decir el corazón se encoge y la mente se nubla.

¿Qué tiene el silencio que es tan caro? Las palabras nos salen a cientos. Muchas veces no pensamos lo que decimos y otras pagamos un precio alto por las que callamos. Pero el silencio es caro de mantener. Nos cuesta amistades, relaciones y nos coloca en casillas de salida.

¿Qué tiene el silencio que nos acerca al dolor de nuestras heridas? Una habitación a oscuras, madrugadas de invierno, recuerdos que nos persiguen y despedidas que duelen. Capítulos ya leídos y versos que dejan de rimar.

¿Qué tiene el silencio que nadie nos enseña a mantenerlo? En la escuela los maestros nos enseñan a callar y esconder nuestra lengua pero a mantener el silencio nadie puede enseñarnos porque solo nosotros somos los dueños de él.

¿Qué tiene el silencio que calma nuestros sentidos? En días de ritmo acelerado y alma desordenada nada mejor como un silencio sordo. En días en los que no hay nada mejor que decir que el propio silencio mejor dejar pasar las palabras.

Vivo una época de silencio en palabras escritas. Quizás demasiado ruido en estas semanas acorralan mi inspiración. Quizás poco que contar o tal vez momento de guardar. Momentos de vivir hacia dentro mientras el huracán arrasa con las horas de mis días. No es que falte ruido ni sobre silencio. Solo vivo lo que la vida me trae porque ya viví eso de querer vivir una vida que era de todos menos mía.

El silencio resulta incómodo, inconveniente, insoportable pero viene después de muchas palabras neutras, dolorosas, poco pensadas o superfluas. Necesitamos hacer del silencio nuestro aliado, nuestro compañero y nuestra tabla de salvación en días que es mejor dejar ir.

Para alguien que usa tanto la palabra como es mi caso, el silencio es un bien escaso pero necesario en mi día a día. El silencio no significa que algo anda mal pero si lo utilizo cuando tengo una maraña de sentimientos o ideas confusas. Años de terapia me han enseñado aunque no siempre lo consiga a silenciar mis palabras, dominar mis impulsos y calmar el torrente de energía que me lleva a hablar demasiado, correr muy deprisa y malgastar mi energía en pensamientos que hago míos cuando no lo son.

El silencio no se aprende pero se practica una y otra vez y tal vez algún día seamos capaces de entender su belleza y agradecer su existencia.

En una ciudad al sur de Francia…

Sentada en esa plaza y perdida en el mundo escribía en su libreta nada de lo que veía y todo lo que sentía. El tiempo de ocultarse tras ese seudónimo había concluido. Quizás nadie supiera nunca quien era pero se había despojado de todos sus disfraces.

Junto a ella alguien dibujaba con un solo lápiz toda la realidad que tenía delante. Muchos estilos en un solo edificio repleto de piedras que contaban la historia de una ciudad situada al sur de Francia.

No necesitaban más una tarde de lunes. Cada uno en su momento, cada uno con su pasado pero con el mismo presente e intuyéndose en el futuro del otro. Cada uno completando el tiempo del otro. Más juntos que nunca. Tan conscientes como siempre.

Llegar hasta esa plaza les había costado muchos platos de restaurante, castañas asadas y unas cuantas copas de vino. Ella no entendía lo que él guardaba y él no comprendía todo lo que ella le ofrecía. Un año atrás ella corría kilómetros y él subía montañas. Ella iba cerrando etapas y él solo mordisqueaba los días.

Hoy ambos saben que lo más difícil lo han superado; encontrarse en un mundo entre miles y miles de corazones. Ahora que la melodía de los violines los ha reunido solo les queda no dejar que la música cese jamás entre ellos.

Ella ahora cierra su libreta y él su cuaderno. El viento sopla, la noche se acerca y es hora de volver a andar por las calles bajo el influjo de la luna de noviembre. No se hacen promesas. No se necesitan. No se soportan, se quieren. Ella tan cuadriculada torció sus renglones, él tan caótico puso orden.

Y ahí en una ciudad al sur de Francia ella sabe que su lugar favorito del mundo es cualquiera en el que ambos sean felices. No comerán perdices porque a ella no le gustan pero nunca les faltarán los motivos para sonreír.

Luna de octubre

Mañana habrá luna llena. Es la luna del cazador. Este año nos enseña su brillo unos días antes de noviembre. Nuestros antepasados sabían que cuando llegaba esta luna era momento de salir al bosque y coger cuánta presa pudieran para pasar el frío invierno. Los tiempos han cambiado y ciertas costumbres han desaparecido pese a estar muy arraigadas en nuestra sociedad.

Quizás sea momento de aprender el significado más espiritual que nos trae esta luna de octubre. Tal vez no tengamos que salir al bosque a cazar ninguna presa pero sí sea el momento de apresar lo que queremos para nuestra vida y a quienes queremos que nos acompañen. En un mundo tan ruidoso como el nuestro nos hace falta el brillo de la luna para recordarnos a qué hemos venido.

Estuvimos todo el verano dando vueltas adormecidos por el calor pero el fresco del otoño nos ha de llevar a la acción y todo pasa por poner límites claros al resto pero a nosotros mismos también. La autoexigencia nos ahoga y es momento de liberarse de aquello que ya no nos hace falta. No hablo de cosas materiales si no de personas que nos consumen el tiempo, la paz y apagan nuestro brillo.

Las lunas siempre traen cambios. Son las causantes de los cambios en las mareas y tienen un poder de atracción muy poderoso. Los partos aumentan los días de luna llena y hay personas que alteran tu templanza en estos días. Nuestros ancianos conocían sus secretos porque la estudiaban y supieron sacar de ella todo el provecho. Ahora somos nosotros quienes debemos estudiar a la luna y velar para que su brillo jamás se apague.

¡Bienvenida luna de otoño! Ayúdame a cazar mis sueños para que ninguno se me escape. Exprime mi valentía, tapa mis heridas, no nubles mis pensamientos y lléname de toda la energía que necesito para caminar hasta la siguiente luna.

Me gustas – No me gustas

No me gustan las personas que nos dieron por acabados cuando aún no habíamos empezado ni las que opinaron sin pensar que era nuestro corazón quien latía.

No me gustan las reinas destronadas que quisieron ser las dueñas de un tablero en el que no se jugaba. Tampoco los kilómetros de distancia ni los caminos que no llevan a Roma.

No me gustan las noches vacías ni los cielos sin estrellas. No perdono las mentiras y no dejo que mis manos ardan entre cenizas.

No me gustan las murallas ni tampoco las torres altas pero no me rindo ante una cima. No llevo tacones aunque sé que ya no necesito salir corriendo y que dejé atrás la incertidumbre de una puerta tras la que no había nada.

Me gusta saber que soy el mejor proyecto de mi vida y que soy mi mejor inversión a fondo perdido. Mis curvas bajan pero mi felicidad sube. Mis manos vuelven a estar llenas y aunque ser fuerte fue mi única opción agradezco la inspiración que abrió mis ojos a la luz y que hizo que mi corazón no negara el amor. Sería justo pensar que quien hiere morirá herido pero tal vez su pena sea jamás volver a ser querido. No hay peor dolor que sentir que perdiste lo que por derecho creías poseer y que ahora entiendes que el tiempo no devuelve.

Me gusta que el tiempo cure aunque no deje que olvide y me gusta saber que me esperas al otro lado sonriendo como si nada hubiera pasado.

Entre me gustas y no me gustas nos invade el abismo de cientos de pensamientos que hay que dejar liberados para que la calma nos meza el alma.

Tiritas para el corazón

Tanto avances hay en la medicina y la pena es no haber encontrado la vacuna o las pastillas que curen los corazones rotos. Tampoco se han inventado unas buenas tiritas que tapen las heridas que cada uno lleva en su corazón.

Todos hemos visto algún corazón totalmente roto y a base de mucho amor propio y coraje no ha dejado de latir ni un solo segundo. Quizás su sangre es fuerte pero lo son más las ganas de seguir viviendo.

Después de remendarse el corazón roto ya nunca vuelve a funcionar a la perfección. Hay días que falla, situaciones que le aceleran, personas que lo paralizan y dolores que quedan ahí marcados en sus ventrículos.

El error más grave es creer que puede venir otro a volver a ponerlo en marcha cuando somos nosotros mismos quieres debemos volver a resucitarlo. Hay tantas alegrías que celebrar, tantas aventuras que vivir, tantas cosas que aprender y otras personas a las que amar que no debemos ceder el control a nadie.

No podemos entregar nuestro corazón así como así porque es nuestra ley de vida. Es lo que nos mantiene vivos y cuerdos. Pero cuando alguien verdaderamente lo toca despacio, con delicadeza, con respeto y cariño es el mejor regalo que la vida puede hacerte.

Es nuestra responsabilidad cuidar de quien nos da su corazón. Nada de trucos, nada de juegos, nada de mentiras, nada de verdades a medias, nada de no ir a por todas porque en el amor o vas o mejor quédate.

Siete párrafos tiene esta entrada. Siete días esta semana que despertaron viejos fantasmas, que me hizo cuestionarme mis límites, que rebosó mi comprensión, que me hizo regresar a aquel corazón roto, que me colocó frente a la verdad de lo que soy. Siete días de una lucha titánica entre ruido y sonido, entre mente y corazón, entre Fe y creencia. Siete días que no hacen una vida pero que saben a vida. Siete días de muchas palabras y suspiros y en medio un corazón que a trancas y barrancas no deja de latir. Y ahora mientras toco mi corazón tatuado olvido lo dolido y acojo con cariño todo el amor de cada latido. Mío es, tuyo también.