Vuelvo a ti

Llevamos algún tiempo separados más por mi rebeldía que por tu indiferencia porque tú nunca me has soltado de tu mano.

He estado muy enfadada contigo y he aceptado mis cargas con la boca pequeña porque por dentro mi volcán seguía encendido y pese a todo has secado cada una de mis lágrimas.

No he querido escucharte y no me llegaba el aire para hablarte pero en cada despertar he podido sentir como acariciabas mis heridas y ponías bálsamo en ellas.

He tropezado muchas veces en la misma piedra y sabes que acabo buscándote en las noches de insomnio porque no hay nada ni nadie que pueda consolar mi corazón agitado.

Sé que eres mi camino, mi dirección correcta, mi agua que cura y mi meta. Me enseñaste a andar pero no a desviarme, a andar recto pero no erguida y a levantarme siempre.

Te pienso más que te escribo. Te siento más que te sueño. Asumo pero no acepto. Huyo pero acabo volviendo. Quiero correr pero solo llego andando. Te suelto y vuelvo a necesitarte.

A veces me olvido quien eres tú y quien soy. El orgullo me puede pero esperas con paciencia a que vuelva una y mil veces. Y no puedo prometerte que no volveré a alejarme porque soy débil cuando la vida se pone cuesta arriba.

Sé que me quieres así de imperfecta, así de pequeña e inexperta. Sé que estamos lejos de estar juntos pero también que tienes tus ojos puestos en mí y que pase lo que pase siempre habrá un lugar en tu cielo que es el de todos.

Obraste el milagro de la vida conmigo y aunque desconozco tus planes para mí sé que tu mensaje tiene que volar entre mis dedos, entreverse en mis palabras e imprimirse en las hojas de mis libros.

Sé que la paciencia no siempre me alcanza y que a veces tapo el sol con un dedo pero también sé que sin ti no soy yo y que hoy vuelvo a ti.

No soy superwoman…y no quiero serlo

Mis Pequeñas Campanillas como buenas hijas aún no lo saben pero tienen una madre que aunque a veces lleve capa y escudo no es invencible ni inmortal. Bromeo diciéndoles que mataré monstruos por ellas pero la realidad es que no puedo quitarles las piedras del camino porque tienen que aprender a tropezar y caerse para volver a levantarse.

Como madre desde hace ocho años he cometido errores y aciertos pero en mi segunda maternidad que además es en solitario sigo leyendo, informándome con pediatras, psicólogos y terapeutas acerca de temas que van más allá de la salud física porque si algo tengo claro es que criar es fácil pero lo que te quita el aire es saber educar. Y no me refiero a educar a dos máquinas que tengan carrera, casa y coche sino a dos personitas con una buena base emocional aunque porten heriditas de la infancia.

He invertido más de la mitad de mis años de maternidad en la perfección. Estaba volcada en ella y vivía para ella pero las experiencias, el tiempo y los aprendizajes me han hecho dejar un poco de lado esa perfección que es imposible, totalmente inalcanzable, desgastante y al final del día frustrante. Todos los momentos no son iguales ni tampoco los hijos por muchos que tengas pero todos quieren lo mismo que les mires, les prestes atención y los abraces.

He ido repasando las cientos de tareas de las que cualquier madre puede encargarse y al final solo unas pocas son las muy imprescindibles cada día, el resto suponen un nivel de exigencia que ninguno de nuestros hijos necesita.

Cuando crezcan mis hijas entenderán que soy como cualquier madre de cualquier punto del planeta que solo hace cada día lo mejor que puede su labor de madre. Hay días que se me escapan los gritos, la paciencia brilla por su ausencia y enchufo el televisor antes de cenar por mi salud mental y al acabar el día me siento tan culpable como cansada. Pero jamás les he ocultado como soy ni quien soy. Puedo mirarles a los ojos y decir que no tengo un buen día o enseñarles mis lágrimas porque la vida a veces se pone cuesta arriba. Pero sé que entienden que sigo aprendiendo, que busco ayuda para comprenderlas mejor y sienten que ellas son la mejor parte de mi vida.

Y como bien dice el título de esta entrada no soy una superwoman pero ya no quiero serlo. Intentarlo durante tantos años solo me ha enseñado que no lo necesito y no quiero serlo. Hace mucho tiempo me adscribí al clubdelasmalasmadres y estoy tranquila por ello. No hago las mejores croquetas pero sí los disfraces para cada función escolar. No entiendo la mayoría de las modas infantiles y no las comparto pero en mi casa hay balones y muñecas a partes iguales y son bienvenidos todos los colores.

Sé que algunas personas que siguen mi blog son madres y hay días que devolverían el carnet de madre pero llega el día que te miras al espejo y asumes quien eres y que no hay una madre mejor que tú para tus retoños. Y así es…

La felicidad no se aplaza

No sé si todos habéis tenido la oportunidad de ver a un niño cuando empieza a dar sus primeros pasos, pero es uno de los momentos más emocionantes de la infancia. Además de darte cuenta que tu bebé empieza a necesitarte un poco menos, es un espectáculo ver como intenta mantener el equilibrio. Puede caerse mil veces pero se levantará otras mil porque sus ganas de explorar el mundo superan sus miedos.

Y así como ese bebé consigue ir perfeccionando su pisada y en poco tiempo sale corriendo así tendríamos que hacer los adultos con nuestras caídas, nuestros miedos y nuestra felicidad. Nos pasamos la vida buscando excusas, pagando a plazos, fraccionando las cuentas y buscando la vida perfecta. Pero es que la vida no es perfecta y todo cuesta mucho, claro que sí y hay cosas imposibles pero hay otras que no lo son. Y hay que intentarlo e ir mil veces y al final una de esas veces resulta que lo conseguimos.

Ese pequeño bebé no se detiene ante sus miedos y no les da espacio pero nosotros sí. Dejamos de probar cosas, de vivir cosas, de ir a sitios y no queremos arriesgar porque hubo una vez o diez que nos hicieron añicos los sueños, las ilusiones y nos apretaron el corazón. Y organizamos nuestra vida dentro de nuestra zona de confort, bien controlada, con nuestro salvavidas puesto y el paracaídas listo. Y gritamos que queremos ser felices y nos victimizamos pero no nos damos cuenta que vivimos dentro de una jaula de cristal que en cualquier momento puede romperse.

Lo mejor que puede pasarnos es que un día nos caiga un poquito de agua en los ojos y nos despierte de esa ilusión óptica y empecemos a darnos cuenta que la felicidad no puede aplazarse que hoy es hoy y lo que pase mañana solo la vida sabe. La felicidad se consigue a cachos, a momentos, en lugares, con algunas personas y para conseguirla hay que arriesgar. Pero vivir es apostar cada día y nadie sabe cuándo será el último día que pueda disfrutar de un amanecer.

Y con esto no quiero decir que tengamos que vivir como si fuéramos a morir mañana como dice la canción de Leiva pero queramos lo que queramos, busquemos lo que busquemos tenemos que intentarlo con todas nuestras fuerzas y aún así nadie nos da garantía de nada. Pero si puedes cerrar los ojos y pensar por un instante en eso que quieres y sentir como tu piel se eriza al ver que lo logras, o como tu corazón se acelera o la sonrisa que se dibuja en tu rostro. Creo que vale la pena intentarlo cada día y no aplazar la felicidad por pequeña que sea porque es la nuestra y de nadie más.

Y no suelo dedicar mis entradas pero hoy sí voy a hacerlo para una persona que llegó así despacito a mi vida y se coló en ella. Para ti, EBG porque sé que no aplazarás tu felicidad y para que nunca olvides que pase lo que pase vales cada minuto de la vida de muchos.

Con los años…

Con los años aprendí que en las noches y en silencio es cuando el corazón se ordena. La música suena bajito y de mis dedos brotan más que palabras.

Con los años me he dado cuenta que no quiero ser una pegatina más en la carpeta de nadie ni puedo caminar entre la duda y la inseguridad.

Con los años tengo claro que todo pasa y que quienes pasan por nuestras vidas nos dejan lecciones inolvidables pero necesarias.

Con los años tengo claro que puedo dar mi tiempo pero no dejo que nadie juegue con mis ilusiones ni mi futuro.

Con los años tengo claro que no soporto las despedidas pero aprendí a despedirme, a levantarme de cualquier mesa y a decir adiós sin que me tiemble la voz.

Con los años aprendí que hago lo que siento y siento lo que hago. Perdí muchas batallas por no hacerlo y ya no cedo ante mi razón.

Con los años aprendí que estar es más que ser y que sí me importan la cantidad y la calidad. Y que los días no me pesan pero las ausencias sí.

Con los años sé que soy más de plato principal que de postre, que mi cuerpo necesita más los vegetales que la carne, que no entiendo de vinos y que a pesar de todo y todos la vida ya no se me atraganta.

Con los años aprendí que los rasguños no dejan marcas solo las heridas profundas. Que la calma lo conquista todo, que el tiempo lo olvida todo, que necesito caminar muchos kilómetros entre árboles y que me rehuso a mirar hacia atrás.

Con los años sé que me tengo a mí misma, que soy mi mejor conquista, que leo poesía, que duermo poco, que hay sitios a los que ya no puedo ir ni personas con las que puedo estar. Que es más valiente quien se queda, quien lo intenta y más noble quien no juega.

Con los años sigo aprendiendo y no hay nada que me guste más que aprender. Que puedo mirar a los ojos de las personas y decirles con dulzura lo que creo aunque no sea lo que esperan.

Con los años no espero que las cosas pasen, no conjugo el verbo aguantar, me gustan los amaneceres, me falta paciencia y hago terapia para ser cada día una versión mejor de mí misma.

Me queda tanto por aprender…

Mi infancia sois vosotros

Mi infancia sois vosotros en un pueblo rodeados de naranjos y olor a azahar.

Mi infancia sois vosotros sentados a la fresca compartiendo tertulias y helados.

Mi infancia sois vosotros rodeados de costumbres y tradiciones que no entendía y ahora me afano en conservar.

Mi infancia sois vosotros de cocina a pleno rendimiento, la visita al mercado de los martes, la playa de los domingos y vuestras manos siempre cogiendo las nuestras.

Mi infancia sois vosotros jugando a las cartas, al parchís y rezando para que las tormentas de verano pasaran rápido.

Mi infancia sois vosotros donde las cosas eran sencillas, al mediodía se descansaba y se veía la telenovela y el tour de Francia.

Mi infancia sois vosotros con vuestra eterna generosidad, vuestro amor desinteresado y mis lágrimas al acabar cada verano.

Mi infancia sois vosotros con vuestro delantal, el frutero lleno, las sábanas limpias y vuestros ojos clavados cuidando de nosotros día y noche.

Mi infancia sois vosotros caminando a nuestro lado, escuchando vuestras historias una y otra vez hasta dudar de sí yo también estaba en aquellas escenas.

Mi infancia sois vosotros con tienda de campaña, monte, comida de picnic, un SEAT 127 y sacos de felicidad. Brindis por la vida, por las cosas sencillas y porque la eternidad nos mantendrá siempre unidos.

Mi infancia siempre será vuestra.

Si tú eres…yo soy…

Si tú eres meridiano yo seré paralelo y nos encontraremos en el ecuador de nuestro planeta.

Si tú eres silencio yo seré ruido y cantaremos con los ojos.

Si tú eres mar yo seré cielo y en el algún punto del horizonte estaremos juntos.

Si tú eres futuro yo seré presente y guardaremos nuestro pasado.

Si tú eres domingo yo seré lunes y viviremos como si cada día fuera sábado.

Si tú eres número yo seré todas las letras del alfabeto.

Si tú eres barco yo seré un puerto al que amarrar el ancla.

Si tú eres kilómetros yo seré metros y haremos la escala métrica perfecta.

Si tú eres sol yo seré luna y bailaremos hasta el amanecer.

Si tú eres principio yo seré un final feliz.

La vida es simple

Ayer sentada en la sala de juegos de mis Pequeñas Campanillas miraba sus juguetes. Algunos de madera y de colores vivos, otros más desgastados por el uso y el paso del tiempo pero todos ellos tratados con respeto. De la mayoría conozco su historia, su procedencia y las manos que las entregaron con tanto cariño y entre ellos aparecía la cabeza grande y pesada de la última muñeca que me regalaron mis padres. Pude recordar cuánto deseaba tenerla porque era única con un número de serie irrepetible y la sensación de sacarla de la caja y que su aroma a fresa impregnara mi memoria.

Después me di cuenta que todos necesitamos ser únicos, irrepetibles y exclusivos. Buscamos ser ese aroma de fresa impregnando en la memoria de alguien y recordados con cariño y respeto. Y si algo debemos tener claro es que la felicidad depende de nosotros mismos, es nuestra responsabilidad. Nadie puede hacernos felices si nosotros no lo somos por sí solos. El error muchas veces es que la otra persona crea que le necesitamos para ser felices cuando la verdad es que solo el aire nos mantiene vivos. Si estamos a su lado es porque así lo deseamos, nada más.

La vida es simple. No somos los dueños de la baraja. Te caen las cartas que te caen y con esas tienes que jugar. Nada puedes hacer para cambiarlas salvo la forma en la que las juegas. Emplear el tiempo lamentándote por las cartas que tienes y envidiando las que no tienes no va a hacer que cambien las tuyas. Es que aún no hemos entendido que esto no va de ganadores ni de perdedores, solo de jugadores que lo dan todo y nunca se rinden. Hoy puedes bajar los brazos, llora y libera todas las lágrimas que andan recluidas tras tus ojos pero mañana coge tus cartas y juégalas.

Y, ¿quién no tiene miedo? Pero a quien de nosotros no le tiemblan las piernas cuando la vida se pone cuesta arriba o el camino se llena de piedras. Quien no tiene heridas abiertas y el corazón magullado, quien no se ha sentido decepcionado y ha visto su orgullo chafado. Pese a todo eso y mucho más no podemos ir pisando los sueños de los demás, poniendo obstáculos a su felicidad y rompiendo sus ilusiones. No podemos ennegrecer su blanco con nuestro negro y jugar en su patio robando su recreo.

Todos pasamos por etapas, tenemos derecho a equivocarnos, a cambiar de idea, a pensar algo distinto, a dejar ir, a cerrar puertas, mirar hacia detrás pero caminando hacia delante, a sentarnos a esperar pero no tenemos ningún permiso para opinar nada de la vida de nadie ni para juzgar a nadie bajo ninguna premisa. Invertimos demasiado tiempo en cosas que sólo aportan ruido, lanzamos dardos envenenados o no pero que matan y lo hacemos huyendo de nuestro dolor. Herir a otros no hará que nosotros sanemos.

Ser valiente no es en nuestros días batirse en duelo para salvar nuestro honor. Ser valiente es reconocer que necesitamos ayuda, pedirla, dejarnos ayudar y emplear toda nuestra energía en mejorar. Cambiar es difícil pero mejorar está al alcance de todos. No escatimemos en esfuerzo ni intentos.

Co-creadores

Los seres humanos tenemos la capacidad de crear cualquier cosa de la nada. Con nuestras manos y nuestro intelecto hemos desarrollado una compleja estructura de redes, universos y espacios virtuales que se escapan a la realidad.

Aquello que imaginamos ya podemos imprimirlo en 3D y las posibilidades en el futuro son tan inmensas que cuesta imaginar que algún día no caminábamos erguidos. La evolución ha sido una gran revolución en nuestras vidas y nuestros pasos han sido de gigante.

Todo lo visible, lo palpable, lo físico es válido para la mente humana. Lo objetivo, lo de carne y hueso, lo conocido no presenta resistencia para el ojo humano y sabemos que somos creadores del mundo en el que vivimos.

Pero qué pasa cuando las cosas no son visibles, ni palpables y la vida se nos vuelca ante nuestros ojos. Pasa que no somos capaces de asumir que somos en parte creadores de todo lo que nos pasa. Nuestros gestos, palabras, acciones desencadenan los hechos que nos acontecen pero buscamos al responsable fuera de nosotros mismos.

Somos bombillas andantes que irradiamos todo aquello que queramos. Y sí, hay días que vamos apagados por la vida pero hasta en esos días nos tiene que quedar una mínima chispa de amor y comprensión por nosotros mismos y por los demás. Tenemos la capacidad de proyectar nuestros sueños y deseos y no en una pantalla blanca si no en nuestro presente. Pero tal vez nos da tanto miedo tirarnos al vacío que lo hacemos en paracaídas.

Y nos levantamos muchos días con positividad pero dejamos que a la mínima nos cambie el humor. Y buscamos tener el día regulero y vemos un “complot” donde no lo hay porque soy yo y solo yo quien dejó que mi actitud se dejara vencer por las circunstancias.

Somos faros con la capacidad de guiar a otros y no nos damos cuenta porque en vez de simplemente dar luz intentamos dirigirla hacia el lugar que queremos. Y la vida no funciona así porque podemos crear nuestra suerte pero hay una pequeña parte que no depende de nosotros mismos y aún así no podemos dejar de intentarlo nunca.

Y todos necesitamos una estrella a la que cogerse fuerte, confesarle nuestros secretos, derramarle nuestras lágrimas, contarle nuestros amores, escuchar sus consejos y acoger su consuelo. En los días más oscuros esa estrella siempre te saca una sonrisa y qué mejor misión que ser la estrella de alguien.

La vida es más sencilla de todo eso que hacemos nosotros. Ella es clara cuando es no es no pero somos nosotros los que nos empeñamos en que sea sí. Nos va dando pistas y señales pero caminamos sin gafas y somos miopes. Y dejamos en nuestras vidas a gente que nos quitan el aire e insistimos en un pasado que ya se fue perdiendo la oportunidad de un futuro mejor.

Siempre es momento de volver a comenzar y crear nuevas oportunidades, nuevas amistades, nuevos trabajos, amigos, conocer nuevos lugares y crear nuevos recuerdos. Y todo lo nuevo trae felicidad pero en frascos pequeños que es la más difícil de alcanzar.

Y con unas zapatillas de mi número y una mochila vacía empecé a crear un poco de nuevo, así con el alma apretadita y los ojos medio cerrados y segura de nada, solo de dejar que la vida me sorprenda y abandonarme a su suerte. Y en esa mochila meteré mi bombilla, mi faro y mi estrella para crear esa felicidad de frasco pequeño.

Mis faltas…

Me hicieron falta unas cuantas tormentas para entender que no necesito que me quieran mucho pero que sí que lo hagan bien.

Me hizo falta pasar frío en verano y calor en invierno para comprender que no quiero a nadie que me diga que me levante pero sí que se tumbe a mi lado hasta que esté preparada para levantarme.

Me hizo falta naufragar y dejar que mi barca se hiciera añicos para aprende a usar mi salvavidas de una vez por todas.

Me hizo falta romper los cristales de mis gafas de sol para empezar a ver con toda claridad lo que no era capaz de alcanzar con mi mirada.

Me hicieron falta muchas noches y madrugadas para no esperar a que viniera el día lleno de sombras y sí de luces blancas.

Me hizo falta llorar mucho, derramar todas las lágrimas que mi alma no era capaz de contener para tener toda la paz que siempre había perseguido.

Me hizo falta ver como algunos sueños se borraban para empezar a hacer realidad otros que albergaba sin saber dónde estaban guardados.

Me hizo falta cambiar de casa y mudar de vida para darme cuenta que no necesito jaulas de cristal ni tampoco me gustan los floreros.

Me hicieron falta algunas manos, muchos abrazos, dos pequeñas campanillas, una hada madrina, el club de los viernes, dos mandangas, cinco pedagogas, el equipo comedor, mi grupo de locos-cuerdos y mi señora madre para entender que la suerte de mi vida son ellos.

Y falta me haces tú porque escribo por mí y para ti, para sacarte una sonrisa, animarte, comprenderte y para que sientas que eso que sientes y que te mueve está bien, estuvo bien y siempre lo estará

Las modas pasan… Tú, ¡jamás!

Nos invaden las modas, las tendencias, lo que se lleva y lo que no, lo actual y lo pasado. Acumulamos prendas que usamos solo unas cuantas veces, objetos que dejamos en una estantería y recuerdos de tiempos pasados.

La vida se vive rápido, ayer ya es mañana sin pasar por hoy. Mientras madrugamos pensamos en la cena cuando no sabemos ni que vamos a comer. A penas entramos en la universidad y nos agobiamos pensando en qué tipo de empresa haremos las prácticas del último año.

Sentimos la necesidad de probar cosas nuevas constantemente, de vivir experiencias y de sentir nuevas sensaciones. Queremos crear vínculos rápidamente y salimos a navegar sin haber levado nunca anclas.

Escudriñamos la vida de los otros, cansados de mirar la nuestra. Nos atrevemos a dar consejos que nosotros jamás seguimos. Nos despedimos de amigos, compañeros y parejas sin más como si pasáramos la hoja de una revista que anda tirada en una mesa en la consulta del dentista.

Pero llega el día en que necesitamos dejar de caminar por encima de las aguas y saber que bajo nuestros pies el suelo es frágil aunque sea del mejor cemento. Las modas están bien pero no son duraderas y necesitamos algo que sí lo sea. Las tendencias no cuadran con nosotros y no nos da la energía para seguirlas.

Esa estantería llena de recuerdos tiene que ser vaciada y dejada en el contenedor porque estamos tan llenos de lo viejo que lo nuevo no encuentra ni un mínimo resquicio para llegar a nosotros. Y sí, tenemos que decirle adiós y agradecer todo lo que nos ha aportado.

Aparece un STOP en tu camino y por mucho que quieras atajar has de detenerte. Mirarse por dentro es más difícil que hacerlo por fuera. El maquillaje tapa nuestras imperfecciones pero no nuestras heridas. El miedo nos colapsa y la cobardía nos quita la posibilidad de aprender a conocernos a nosotros mismos y mejorar nuestras relaciones sean del tipo que sean.

Y está bien eso de hacer cosas nuevas y probarlas pero con la sensación de exprimirlas al máximo. Empezar a ser conscientes de cada cosa que hacemos y ser felices con lo que hacemos. Quizás no estemos en el sitio que queremos ni tengamos la profesión que hubiéramos soñado pero es imprescindible aprender en el camino. Y cuando llega el momento, la ocasión, el lugar y las personas, es simplemente mágico. ¡Palabrita!

Y en este momento de nuestras vidas en la que los móviles nos han atrapado el “ahora” y que sentimos la presión de sentirnos conectados, sentarse a la mesa con alguien que deja guardado su teléfono, aparcados sus mensajes y archivados los correos, es una sensación de las que sí vale la pena sentir.

En un tiempo fue así pero ya no hay ni amigos, ni compañeros ni hijos que sean páginas de una revista. Se merecen toda mi escucha, mi atención, mi silencio y mi tiempo. No les dejo guardados ningún abrazo ni un te quiero porque el hoy es hoy, la vida es ahora y mañana…mañana la vida hablará. Y no son muchos, pero sí los mejores que completan mi puzzle.