Preocuparse sin ocuparse

La palabra preocuparse arroja la idea clara que cuando lo hacemos nos ocupamos de algo que no es nuestro y anulamos el poder de resolverlo por la otra persona, de no resolverlo y aprender a gestionarlo y nos dejamos de ocupar de nosotros mismos.

En una sociedad como la nuestra con la educación que recibimos sentimos constantemente la necesidad de estar preocupados y ocupados como una forma loca de sentirnos bien con nosotros mismos. Pero tenemos que desligarnos de esa manera de actuar y empezar a ser conscientes que nos trae paz a nuestra alma pero muchas dificultades para la otra persona.

La mayoría de veces lo hacemos sin ser plenamente conscientes y la preocupación ataca de forma muy sutil a nuestras emociones y ahí sí estamos perdidos. Nos mantenemos constantemente alerta con nuestros hijos, parejas, amigos, familiares…quien quiera que sea porque nos alivia saber que eso nos convierte en personas de bien.

Escuchar, acompañar, aconsejar, abrazar, coger de la mano, compartir…todo eso y más nos mantiene unidos pero resolver por el otro, dictarle, llevarle, convencerle y presionarle hace que nos ocupemos de algo que no es nuestro.

Poder separar el estar ahí acompañando con no ocuparse de las cosas que no nos corresponden es lo verdadera lección. Pero es un entrenamiento que como todo necesita su tiempo. No es sencillo, y para los que tenemos hijos creo que el reto es aún más grande. Preocuparse va en nuestro ADN de padres y ocuparse es algo que nos tienta a cada instante pero llega un momento en que alzan su vuelo y sin las herramientas adecuadas y todo colocado por dentro no pueden despegar.

Para mis Pequeñas Campanillas yo quiero un vuelo tan alto como sus sueños sean. Y voy a seguir preocupándome claro que sí pero voy a ser consciente de ello y a dejar de ocuparme a su tiempo de cosas que no debo y a transformar todo ese tiempo que invierto en opciones, en caminos de bienestar para ellas y para mí.

Preocuparse sin ocuparse, ¿posible?

Un pare de bé

Encara somni amb les teues mans agafant les meues i plore la teua absència amagant les llàgrimes perquè ningú les veja. 
Sabies que m’agradava la tardor i encara no entenc perquè et vas anar amb tanta pressa quan jo encara et necessitava de cor. 
Ballaves amb mi i carregaves la meua motxilla i crec que no sabies que portar-me a l'escola m'omplia l'ànima per a tot el dia.
Sé que continues prop de mi i puc escoltar els teus riures burletes, els reganys i les paraules virolades perquè desperte.
Era diumenge, un dia tretze i vas jurar que tornaries. Hui et veig en tot el bonic que vas deixar i entenc perquè et vas anar.
Seràs etern com el teu amor per tots nosaltres i  t'escric en valencià per fer-te un homenatge. Home de bé, pare de bé, persona de bé mai podrem oblidar-te.

Palabras, más que palabras

Aunque la vida nos conduzca a la mayor de las incoherencias y nuestro mundo se convierta a veces en una jauría de palabras que vuelan a la velocidad de la luz, en algún momento vuelve la concordancia de género y número y las notas suenan afinadas.

Soy presuntamente culpable de usar las palabras como escudo, de mezclar los sentimientos agitados en una coctelera y de que mis acciones no reflejen nada de lo que quiero y de lo que necesito. Imposibilitada de expresar y de confiar con los ojos abiertos. Lacrimógena desde nacimiento y sensible a los gestos poco calculados.

Las palabras tienen el mayor de los poderes que podemos tener los seres humanos porque destruyen en un minuto todo lo construido en diez. Pero también reconstruyen, curan y alivian. Pero esas palabras sin ser acompañadas de la verdadera intención suenan huecas y hieren profundamente.

Lo mismo ocurre con los abrazos, con las citas y las conversaciones. Nada que no se haga con la verdadera intención es captado por el receptor como una mentira, una actuación y causan dolor. En ocasiones no hay más remedio que camuflar las intenciones pero es necesario aprender y ser consciente de que se está haciendo.

Me he convertido en una actriz de mi propia vida, solo que cambié ser la actriz secundaria por la principal. Y volví a escucharme para saber que no puedo cambiar la intensidad de mi vida pero sí el tono en el que me tomo todo lo que vivo. Todo tiene su tiempo y todo tiempo tiene su todo. Es mejor tener todo en tu vida que ser nada en la de alguien.

No me gusta el buceo como deporte o afición tal vez porque llevo algunos años sumergiéndome en mi propio océano de emociones. Ya sé lo que es viajar a las profundidades y escarbar. Encontré algunas monedas de oro, saqué a la superficie algunos tesoros y el resto, mejor dejarlo ahí por un tiempo más hasta que su peso sea lo suficientemente grande para arrastrarme a desenterrarlo.

La ecuación es fácil de resolver solo se trata de mantener el equilibrio entre lo que se dice, lo que se siente y lo que se transmite. Pero las matemáticas hay problemas que no pueden resolver, la medicina enfermedades que no pueden curar, y hay palabras que nunca se pueden borrar una vez pronunciadas. La vida que nos ha tocado es ésta y hay que seguir bailando aunque las palabras revoloteen a nuestro alrededor como mariposas buscando donde posarse. Si son de luz acojámoslas y si no dejemos que se la lleve el viento.

Creencias

Nos hicieron creer que ser el mejor era más importante que ser mejor.

Nos hicieron creer que perdimos el tren sin saber en qué estación le estábamos esperando.

Nos hicieron creer que sólo estamos completos si juntamos las piezas sin entender que solo se necesita una para estarlo.

Nos hicieron creer que para parir había que hacerlo con dolor pero nadie te ofrece anestesia para un corazón roto.

Nos hicieron creer que teníamos que elegir siempre entre dos opciones cuando el universo está lleno de infinitas posibilidades.

Nos hicieron creer que la lealtad estaba descatalogada por una fidelidad que solo se asocia al cuerpo.

Nos hicieron creer que la maternidad era la plenitud cuando solo nuestros hijos se llevan todo lo que hay en nosotros. Es libre, ¡sí!, dura, ¡también!

Nos hicieron creer que se podía correr sin haber aprendido a andar bien y vamos por la vida tropezando con pequeñas piedras.

Nos hicieron creer que la muerte es el fin de la vida cuando hay tantas vidas muertas en vida, dejando pasar las horas atrapadas mirando hacia fuera sin valor para hacerlo hacia dentro.

Nos hicieron creer que el objetivo es ser felices cuando lo que cuenta es la intención y el esfuerzo de querer serlo sin llevarse a nadie por delante.

Nos hicieron creer que no necesitamos creer en nadie ni en nada, que nos sostendremos en los días difíciles de pie, que a las heridas hay que echarles azúcar cuando necesitan sal para curarse y que la verdadera fuerza, esa que te dará oxígeno te la dará el dinero, tu terapeuta, un gurú de la autoayuda pero cree cuando te digan que si tú quieres todo es posible y que no hay techo para tus sueños.

Nos hicieron creer y quisimos hacerlo…

Las historias…

Las historias siempre tienen un principio, un origen y una chispa que las originan pero no todas tienen un final, algunas quedan suspendidas, otras aplazadas y las mejores nunca acaban.

Nos suceden cosas todos los días en todos los ámbitos de nuestra vida, algunas son buenas, otras regulares y otras, de esas mejor no acordarse. Amanece en la playa y en el centro de la ciudad los despertadores aún no sonaron. Las cafeteras empiezan a expulsar el café y los almuerzos van encontrando su lugar dentro de la mochila escolar.

Los planes van siendo tachados de la agenda y las hojas del calendario arrancadas. Los eventos se concentran en pocos días porque el resto del tiempo es para las almas pequeñas. Se recorren muchos kilómetros con las suelas desgastadas de las zapatillas pero cuido de no desgastar mi mente con pensamientos ruidosos acerca de un futuro que no existe porque aún vivo el presente.

El juego acaba pero la partida no. Cuando el tablero ya es guardado y las fichas colocadas en su sitio vuelven tus ganas de volver a jugar y chocan con las mías de dejar de hacerlo porque aunque hace tiempo que entendí tus reglas ahora solo quiero jugar según las mías. Ningún viento volverá a situarme en el medio de una tempestad así.

Los días soleados acaban, las tormentas de otoño vuelven y los capítulos se cierran. Los pasillos se convierten en confesionarios, las lágrimas caen, las alegrías se gritan y el espectáculo continúa porque así debe ser. Conversaciones a medias, problemas con difícil solución, corazones apretados y vidas, muchas vidas que esperan una justicia que no es porque la palabra vida nunca se acompañará de esa palabra. Nada es justo o injusto, solo es. Las oportunidades no casan con la pareja que sabe bailar y la pista de baile queda en silencio.

Un círculo me cerca, me abraza, me acompaña y veo en sus ojos la tristeza que no quiero pero el afecto que jamás conocí en otro lugar ni en otro tiempo. Las estrellas me miran y ven si aprendí aquello que me enseñaron. Mañana subiré el altavoz de la música y sabrán que sí. Sé que mi historia tiene muchos capítulos pero que aún no terminé de escribir mi libro. Ya cerré algunos capítulos y puse muchos puntos y finales, tal vez, ahora sea hora de echar mano de los puntos suspensivos y dejar que la historia siga escribiéndose…

Confusión

Confundí ser junco con ser madera. El junco es flexible, la madera rígida.

Confundí ser fuerte con ser fría. La fortaleza crea, la frialdad destruye.

Confundí ser el centro con el todo. El centro brilla, el todo anula todo.

Confundí ser sueño con tener sueños. Ser sueño es del otro, los sueños son míos.

Confundí ser destino con ser camino. El destino es final, el camino es trayecto.

Confundí querer mucho con querer mejor. El mucho ahoga, el mejor atrapa.

Confundí el aceptar con el soportar. La aceptación es consciente y el soporte acaba cediendo y rompiendo.

Confundí el ser yo con el ser nosotros. No puede haber un nosotros sin haber un yo.

Confundí las señales, los silencios, los ruidos y los adioses. Mis canciones y mis pasos no coordinaban.

Y de toda esa confusión, surgió una nueva forma de vida, una esencia, un latido y la vida volvió a pulsarme, a vibrarme, a despertarme. Lo finito acabó y un nuevo infinito se dibujó.

Me confundí, te confundí, nos confundimos, nos confundieron…sea lo que fuera el círculo se cerró y la confusión desapareció.

Y empezó una nueva confusión…

¡Mamá en apuros!

Todas las madres en algún momento o en cientos de ellos estaremos en apuros. O no llegamos a la puerta del colegio a recoger a nuestros retoños, o se nos olvidó comprar una cartulina o no planchamos el uniforme y nos damos cuenta a las once de la noche de un domingo.

Llevo hace tiempo defendiendo que no busco la perfección como madre porque me desgastó mucho intentar serlo años atrás. Así que me reorganicé como madre y tracé un plan en el que ya no soy sólo yo la capitana del barco. Pequeña Campanilla I ha empezado a responsabilizarse de muchas de sus cosas y ha ganado en autonomía, en confianza y en autoestima.

Pero sigo siendo una madre en apuros con cosas que me tocan la parte emocional. Me cuesta aceptar ciertas situaciones y no poder estar ahí acompañando a mis niñas en sus días importantes, en sus inicios, en sus entradas y salidas. Por eso hago terapia. ¿Cómo? No me considero más loca ni más cuerda que nadie pero sí reconozco que hay en ciertos momentos que no soy capaz de encontrar otros caminos y es ahí cuando necesito ayuda de alguien que mira todo desde un prisma más alejado.

Me presioné mucho y aún lo hago por no darle lo mismo a mis dos hijas pero la vida poco a poco me enseña que no puedo cargar con eso en mi mochila. Cada una recibe y recibirá lo que necesita de mí pero aún así aunque no pueda acompañar a mis pequeñas campanillas a su cole al menos ven preparar cada mañana con unas manos llenas de amor su almuerzo y sé que ese dibujo imperfecto en el envoltorio o esa letra torcida en ese post-it hacen que entiendan que estoy muy cerca aunque no esté presente. Probablemente sea mi corazón el que necesite sentirse reconfortado y en paz.

Y aunque los años me inunden de conocimientos, libros de auto-ayuda y terapia siempre seré esa madre en apuros quizás porque cuando aceptamos el regalo de ser madres hay una letra pequeña a la que no hacemos caso cegadas por nuestras propias ilusiones pero que con el paso de los años vuelves a leer una y otra vez. Cada una de esas letras pesan como piedras al igual que nuestra mochila llena de culpa. Pero jamás olvidemos madres en apuros que la culpa solo nos sirve para aprender y saber lo que no queremos repetir. Siempre hay caminos, rutas alternativas y cruces de caminos, muchos cruces de caminos. Trenes que pasan una y otra vez, manos dispuestas a tender una mano y todo lo demás es ruido, solo ruido.

¿Alguna mamá en apuros en la sala?

Suicidio y muerte de la mano

Mi abuela siempre decía que la vida me proveería con aquello que necesitara. Por aquel entonces no la entendía y hay días que ahora me cuesta aceptar ciertas situaciones que la vida me trae. Siempre he creído en la sabiduría de las personas más mayores. Ellas ya pasaron y vivieron por todo eso que hoy nos cierra la garganta.

La paciencia a veces nos falla cuando intentamos adelantarnos al futuro. No sabemos dejar que las cosas nos pasen y alcancen. Hacemos cábalas, sopas de letras y crucigramas de hechos imaginados. La ansiedad aparece por derrotas que no llegaron, puertas que se cerraron y oportunidades perdidas.

El que más y el que menos vive esa situación alguna vez y cuando todas las piezas del puzzle están encajadas alguien o algo nos mueve una y tenemos que volver a empezar. Creemos que somos el patrón de nuestro barco, y lo somos pero no de todo el océano que nos rodea ni tan siquiera de unas pocas gotas de un mar pequeño.

Los comienzos no son lineales y los finales a veces son torcidos. Quizás como mi abuela decía ese es el final que necesitamos pero nadie queremos un final triste. Pero intentar casar la palabra final siempre con la palabra feliz nos crea unas expectativas tan altas que luego es insoportable aceptar que no será así.

A veces nos dejamos llevar por nuestros niñitos interiores, los cambios nos parecen montañitas, las despedidas no nos casan con felices y aún no aprendimos a vivir sin expectativas. Eso no quiere decir que renunciemos a nuestros sueños pero sí que aprendamos a vivir con la paz de no depositarlos en nadie más que no seamos nosotros mismos.

Hoy es un día internacional importante de esos de los que se habla muy poco y se silencia. Y es que aún no somos capaces de hablar y normalizar la palabra suicidio. Pero sí existe y sucede todos los días y muchas veces en el mismo minuto en distintas partes del planeta. Sufre el que se va y más el que se queda que no supo cómo ayudarle o tal vez fue tan invisible su estado que nadie se dio cuenta. El grito del suicida es tan sordo que nadie lo escucha. El dolor de quien no pudo evitarlo es tan punzante que jamás se olvida.

La pandemia trajo a la luz la necesidad de cuidar la salud mental y reclama a los gobiernos que invierta dinero público en cuidar de esa parte del ser humano para que se reduzcan las enfermedades físicas que son provocadas por todas esas emociones y problemas mentales no tratados. Pero la pandemia trajo soledad, desesperación, sacó a la luz miedos, inseguridades y abrió muchas cajas de Pandora. Y muchos tomaron el único camino que pensaban que tenían. No escucharon a nadie. No supieron pedir ayuda. Y hoy celebramos su muerte en lugar de su vida.

Así que por favor, respetemos este día y no veamos a los suicidas como cobardes porque ninguno de nosotros sabe todas las guerras internas que ha librado y las veces que al borde del precipicio dio un paso atrás y se dio una oportunidad más.

#stopsuicidios #diainternacional

¡Bienvenido curso 2021-2022!

En pocas horas arranca un nuevo curso escolar. A estas horas las mochilas están llenas de libros, estuches, diccionarios y acuarelas de bonitos colores. Y entre todos esos materiales este año también asoman mascarillas y geles desinfectantes.

En los centros escolares de las paredes cuelgan mensajes que nos recuerdan las medidas higiénicas que debemos seguir y un curso más en el suelo las flechas nos indican el camino por el que ir y volver. Los patios siguen estando divididos, los almuerzos se hacen sentados y rápidos y las distancias se reducen unos centímetros. Todos somos burbujas y cada una de un color distinto y las fuentes donde se hacían colas interminables quedan clausuradas.

Las cifras indican una gran mejora y el nivel de vacunación es muy óptimo, así que mañana los colegios levantan sus persianas para recibir a todos los grandes héroes de esta pandemia que poco los ha mirado y respetado. El curso anterior andábamos con miedo, éste solo lo hacemos con cuidado y respeto al bicho. Se ha limpiado, desinfectado y decorado pero nos falta la algarabía de los niños en las clases, el sonido de los balones en el patio y toda esa luz que cada uno de nuestros alumnos trae consigo.

La noche de antes es una mezcla de nervios, ganas e ilusión y, sí este año con la mascarilla bien pegada adivinamos la sonrisa porque quien sonríe lo hace con la mirada y llevamos un año haciendo de detectives buscando sonrisas. Mañana es día de reencuentros, día de contarse el verano, de darse a conocer y de decirse todo lo que nos hemos echado de menos.

Seguimos pendientes de los protocolos y las nuevas normativas pero eso no nos va a quitar la atención de lo importante, que son nuestros alumnos. Queda aún un poquito para la tan ansiada normalidad pero sí pudimos con ello el curso anterior este año le plantaremos cara aún con más fuerza.

Y que voy a deciros yo como maestra pues que, tal vez, estoy más nerviosa que mis alumnos, que cada curso lo vivo como el primero, que sé que mañana los veré muy mayores, que querré que todos me cuenten su verano, que mis ojos brillarán, que tendré que guardar mis abrazos y que cuando se abra la puerta de entrada, respiraré hondo y agradeceré todo lo que esté curso pueda enseñarme y el cariño que recibiré.

¡Bienvenido curso 2021-2022! Te estábamos esperando. Estamos listos.

Acto de amor

Foto cedida por EBG

Después de unos días viviendo en una montaña rusa de emociones y perdiendo el equilibrio por momentos, respiro hondo y lo hago por mí. Estamos acostumbrados a darnos a los demás, en estar para los demás, en escucharles, animarles y aconsejarles. Creo que no hay cosa que disfrute más y que va implícito en mí pero cuando el aire falta y el cuello de la camisa aprieta necesito parar y tener un acto de amor conmigo misma.

Distanciarme, alejarme por unos momentos, silenciar mi móvil y a todos dentro de mi cabeza. El pensamiento tiene el poder de crear y destruir. A pesar de lo estudiado, de lo aprendido, de lo pasado y de algunos años de terapia aún cometo errores de primero de guardería. La diferencia es que me acepto así y me perdono. Quizás aún no soy capaz de pasar algunas cosas por alto o simplemente no quiero pero aprendí a dar algún paso hacia atrás cuando el ambiente me turba.

Siempre se han visto las lágrimas como un signo de debilidad y flaqueza pero la inteligencia emocional y las nuevas tendencias, filosofías o llamadlo como queráis insisten en dejarlas salir, en soltar todo eso que nos aprieta para que la bola se haga más pequeña y finalmente desaparezca. Lloro, lo hago cuando nadie me ve y no porque me importe mostrar como estoy si no porque aún pertenezco a esa generación que fuimos educados así. Esta semana experimenté la sensación de hacerlo delante de personas que no me habían visto llorar así, en el lugar quizás menos apropiado, en el momento menos idóneo y por el motivo menos motivo pero llegaron con fuerza y me estaban arrasando por dentro y sí, entendí, que tenía que dejarme llevar y soltar lastre.

Siempre dejo llorar a mis hijas, a mis alumnos/as, y a mis amigos/as. Acojo ese momento con cariño porque sé que tengo que aprender de quienes saben llorar porque yo no sé hacerlo. En mis letras comparto muchas cosas y soy clara pero la humana que escribe delante del mundo sonríe, pone música, baila pero guarda mucho y a muchos. Quizás por supervivencia, quizás por educación, quizás por las heridas que porto o tal vez porque es un acto de amor hacia mí misma.

No todas las semanas son buenas ni maravillosas. A veces los mensajes de amor que nos repetimos los olvidamos. Hay días que te levantas nublado y que todo se complica. No duermes, no das para más ni para nadie más. Acumulas y estallas. Bajas la guardia y eres víctima de tus propios pensamientos y nada tiene que ver con el resto de personas porque somos responsables de nosotros mismos no de lo que los demás digan ni hagan. Se te olvida poner límites y decir “aquí no”, “así no” y “conmigo no”…. y ya perdiste la partida. No soy competitiva, pero esta es una partida que no me gusta perder nunca.

Y todo este post de hoy quizás no os resuene mucho a algunos de vosotros/as pero como siempre he dicho escribo como una forma de soltar y de hacerme terapia a mí misma. Así que aquí dejo estas líneas porque este es el juego de la vida y no quiero volver a perder.